El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios



      
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           
 

  

Dijo Dios: “Haya luceros en el firmamento celeste,

para apartar el día de la noche,

y sirvan de señales para estaciones, días y años;

y sirvan de luceros en el firmamento celeste

para alumbrar sobre la tierra”.

Y así fue.

Hizo Dios los dos luceros mayores;

el lucero grande para regir el día,

y el lucero pequeño para regir la noche,

y las estrellas;

y los puso Dios en el firmamento celeste

para alumbrar la tierra,

y para regir el día y la noche,

y para apartar la Luz de la oscuridad;

y vio Dios que estaba bien.

Y atardeció y amaneció: día cuarto.

(Gén1,14-19)

 

Dios para alumbrarnos pone sobre nosotros luceros en el firmamento celeste. Siempre están alumbrando. Y siempre nuestras almas (toda la humanidad) están siendo alumbradas, aunque a veces las nubes o la niebla, como en el orden natural, nos resten la intensidad de su luz. Así también en nuestras almas. Y los puso Dios:

Para apartar el día de la noche.

Todo hombre tiene conciencia para distinguir lo que viene de Dios, la Luz, y lo que procede del maligno que es oscuridad, la noche. Nadie está privado de conocer la Verdad, pues la Luz que desprende toda la naturaleza con sus signos está proclamando a Dios.

Y sirvan de señales para estaciones, días y años.

Que estos luceros sirven de señales para estaciones, en la realidad natural así lo vemos, y en lo espiritual lo mismo:

Primavera: Tenemos épocas de júbilo y alegría como la primavera en nuestras vidas por la Presencia de Dios en nosotros (Cant.2,10-13).

Verano: Época de fuego y calor, cuando el corazón arde en el Amor de Dios como les ocurrió a los discípulos de Emaús que se preguntaban después del encuentro con Jesús: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc.24,32).

Otoño: También tenemos épocas de despojo, de soltar lo viejo en nuestras vidas (Heb.12,1) igual que los  árboles se despojan de sus hojas para que nazcan hojas nuevas, como en una renovación de nuestras vidas. Aunque haya árboles de hoja perenne,  algunas hojas caen de ellos. Lo importante es que el tronco esté enraizado en buena tierra, como una vida unida a Cristo.

Invierno: Puede estar el alma falta de calor, alejada de la Luz, y sentir el frío como de invierno, porque el alma se siente fría cuando no está en Dios. Todo depende de que estemos más cerca o más lejos de Dios, de la Luz, como simbólicamente el sol, el lucero grande, lo está de la tierra.

Año: Es el ciclo completo en nuestras vidas, porque todos pasamos épocas de gozo y alegría, de despojo, y de calor y de frío. Simbólicamente, el año que se nombra aquí, con la primavera, verano, otoño e invierno, las cuatro estaciones que están comprendidas en el año. Recordemos que estamos en “el año de gracia”, este peregrinar para regresar al Padre, este estado en el que ahora nos encontramos     (Lc.4,19). 

Día: Este significado lo hemos ya visto en el día primero de la creación. Todo en este día es reflejo de la Luz de Dios, para ello nos lo ha dado todo.

Y sirvan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra:

 Sigamos dando a la tierra, en esta lectura espiritual, el significado de que nosotros somos esa tierra. Y así entendamos que Dios crea los luceros para alumbrar nuestras almas. Todo cuanto Dios dice es hecho.

Y así fue: Hizo Dios los dos luceros mayores. El lucero grande para regir el día.

Este lucero grande, el sol, es símbolo de la Luz que nos llega de Dios. Cuando vemos y vivimos en la Luz se hace en nuestras vidas el día. Y si no nos dejamos llenar de la Luz, en nuestras vidas están las tinieblas.

Cuando el Apocalipsis habla de la Mujer vestida del sol (Ap.12,1ss) que huye al desierto mil doscientos sesenta días, día, se refiere simbólicamente a las veces que se hace la Luz en una vida, porque la luz del sol simboliza la Luz de Dios en nosotros, en cada uno. Lo mismo en la profecía sellada de Daniel (Dan.12,11-12) que añade, “Dichoso aquél que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días”.

El Señor envía su Luz y se hace en nosotros el día. Pero cuando oscurece para nosotros, hay otros luceros que nos hacen llegar la Luz de Dios:

El lucero pequeño para regir la noche.

La luna, símbolo de los que se dejan llenar de la Luz de Dios y pueden ser reflejo de Luz para otras almas que estén en la oscuridad.

Y las estrellas.

Esas estrellas que alumbran simbolizan a los elegidos que ya han partido, que aunque estén en la distancia, su vida es reflejo de la Luz de Dios; éstos pueden ser testimonio de Vida, y que por ello otros desde su oscuridad, busquen a Dios. Se ven como pequeñas luces en la noche por la lejanía; pero el que mira a lo alto puede ver que la Luz de Dios se ha hecho en los que se han dejado llenar de Dios.

En el libro de Daniel dice que los que enseñaron a la multitud la justicia, brillarán como las estrellas, por toda la eternidad (Dan.12,2). Ése es el propósito de Dios para nosotros.

Pero hay estrellas que también caerán del cielo, los  elegidos que pudieron brillar y sin embargo, abandonaron el Camino y se perdieron. Jesús lo profetizó para el final de los tiempos, cuando habrá tan grande confusión (Mt.24,29). Y de esta confusión habla Pedro el día de Pentecostés:

El sol se convertirá en tinieblas,

y la luna en sangre

antes que venga el Día del Señor,

día grande y temible.

Y todo aquél que invocare el nombre del Señor

será salvo.

(Hc.2,20)

Esa gran confusión del sol en tinieblas, es porque los hombres no buscan la Luz, no ven la Luz; así que los elegidos sufrirán tan grande tribulación (que es esa luna convertida en sangre) que si aquellos días no se acortaran no se salvaría nadie (Mt.24,22).

Vemos una vez más, y todas las veces que miremos, que Dios creó toda la naturaleza para hablarnos a través de ella. Como ya se dijo antes, la Luz de Dios se manifiesta para todos, domina todo.

Y los puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar la tierra,  y para regir el día y la noche, y para apartar la Luz de la oscuridad.

Todo está bajo el control y providencia amorosa de nuestro Creador que nos sostiene en la espera de que volvamos a Él.

Todos podemos ver la Luz y conocer lo que es la oscuridad, aunque gran parte de la humanidad no lo haya entendido. Jesús reprende a los fariseos y saduceos porque no sabían distinguir las señales de los tiempos (Mt.16,2-4). Todo lo veían desde el aspecto natural. Hoy nosotros ya podemos ver cómo cada cosa creada es  como un símbolo para enseñarnos, como hemos visto aquí también, en las señales de los tiempos detalladas especialmente.

Dios pone todos los medios para alumbrarnos.

Y vio Dios que estaba bien.

Y es que muchos se dejan llenar y viven en la Luz. La humanidad puede ver la Luz a través de todo lo que está bajo el firmamento, de todos los cuerpos celestes, aunque aún se den momentos de tinieblas, y muchos no vean la Verdad. Es por lo que también en este día se dice:

Y atardeció y amaneció: cuarto día.

 
   
   
   
   
   
   

                                

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