El Libro del Génesis Rebelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios


      
   


 

 

 

Plantó Yahveh Dios un jardín en  Edén,

al oriente,

donde colocó al hombre

que había formado.

(Gén.2,8)

 

En hebreo en vez de hombre se dice Adam. La palabra Adam (para nosotros Adán) significa hombre. Dios creó al hombre, al ser humano, a la raza humana. Hombre es toda la humanidad. Dios colocó en el jardín de Edén al hombre, a la humanidad.

De este mismo modo se usa hoy la palabra hombre, dándole el significado de humanidad, para hablar, por ejemplo, del hombre del siglo XXI. La historia habla del hombre primitivo, del hombre medieval, etc. A nadie se le ocurre pensar que era un hombre solo, sino que comprende a todos los hombres de toda una época o edad de la historia.

Tú eres un ser humano; ya seas varón o mujer, estás comprendido en esta humanidad porque fuimos creados todos en un mismo principio.

Esto vamos a ver, no sólo en el Génesis, sino que la Biblia lo repite. Pablo afirma: Él creó de un solo principio, todo el linaje humano (Hc.17,26).

Toda esta revelación nos lleva a ver más clara la verdad de nuestro principio como humanidad; nos lleva a entender los porqués de nuestra realidad de hoy.

Reconocer que hombre es toda la humanidad  tiene vital importancia.

Este hombre del jardín de Edén comprende a todos nosotros, en un estado de felicidad que habría de ir creciendo.

 Porque el jardín de Edén simboliza el estado celestial en el que vivíamos, de felicidad, de delicias, en amistad con Dios, el estado de los seres espirituales que éramos. Lo que éramos antes del pecado.

Nuestra condición de humanidad se nos dio por la compasión de Dios desde el mismo instante en que pecamos, para librarnos así de caer al abismo y rescatarnos de la Muerte a la que nos llevaba el engaño del demonio.

Y por la confusión que siguió al pecado de la humanidad, todavía cuando le pregunta Dios a Job “¿Dónde estabas tú cuando yo creaba la tierra?” (Job.38,21), él no supo responder. Y la humanidad hasta ahora no ha podido responder; pero hoy Dios nos revela por su Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, gran Luz sobre nuestro principio, contenido en el relato de la creación, y no para satisfacer nuestra curiosidad, sino para que conociendo nuestra auténtica realidad, la Verdad de quiénes somos y lo que somos, busquemos vivir en Él y regresemos a la felicidad completa, a la Vida de gloria que nos tiene preparada.

 El jardín de Edén  podemos compararlo a un vivero donde se colocan las semillas para que luego crezcan y sean colocadas en un lugar mayor, más apropiado. Era como aquí una cuna en la que todo buen padre y toda buena madre colocan con cuidado a sus hijos. Así Dios nos colocó en el jardín de Edén, con su infinito e insuperable Amor y ternura de buen Padre, igual que  si fuéramos niños.

 Y allí  fuimos creciendo. Y cuando culminaba en nosotros la  primera etapa de crecimiento, en el jardín de Edén, Dios nos concedió la libertad  para decidir. Y entonces tuvimos el poder para elegir; pero no obedecimos la advertencia del Padre y nos decidimos, como se nos dice en la parábola del hijo pródigo, por alejarnos del Él y perder todos los bienes que  por su inmenso Amor nos había dado (Lc.15,11-32).

Ése fue nuestro principio. Dios nos colocó en un lugar seguro para ir creciendo e ir acercándonos más a Él, a la unidad en Él; fue el principio de nuestra creación como seres espirituales, en quienes habría de darse la aceptación de los planes de Dios para nosotros. Era el inicio de un estado de crecimiento espiritual que entonces desestimamos y lo perdimos. Nos lo recuerda este salmo que sigue, que habla del momento en el que entramos en tinieblas por el pecado. Así dice:

 

“No saben ni comprenden;

caminan en tinieblas,

todos los cimientos de la tierra vacilan…

Mas ahora como el hombre moriréis,

como uno solo caeréis, príncipes”.

(Sal.82,5…7)

 Nos llama “príncipes”, para recordarnos que hasta ese instante estábamos en un proceso de  crecimiento hacia el Reino de Dios Padre, y luego todos a una, como uno solo, caímos en las tinieblas. Pero aunque habíamos caído, las siguientes palabras nos vuelven a confirmar que Dios Padre nos ha librado de caer al abismo, por su gran Amor, y cómo luego nos concedió la redención por medio de nuestro Señor Jesucristo:

 

“Nos ha elegido en Él

antes de la creación del mundo

para ser santos e inmaculados

en su Presencia, en el Amor;

eligiéndonos de antemano

para ser sus hijos adoptivos

por medio de Jesucristo,

según el beneplácito de su voluntad”.

(Ef.1,4-5)

 

 Este ser espiritual que Dios creó en unidad y puso en el jardín de Edén, aún no era corpóreo; aún no éramos hombres y mujeres ni había sido creado el universo que veremos en el tema V, y que creó Dios por su gracia para que desarrolláramos la vida presente, este peregrinaje, que es el Camino de regreso al Padre, para todos los que busquen la Verdad. Y la Verdad nos la muestra Él a través de su Palabra y de toda la creación que ha puesto a nuestro alcance.

Porque igual que Dios preparó un proceso espiritual de crecimiento desde que nacimos en el jardín de Edén, así también, para hacernos más palpable nuestra realidad espiritual de seres caídos en las tinieblas, para que entendiéramos mejor, después nos ha hecho nacer aquí en nuestra realidad natural como bebés, dependiendo de la madre y del padre, para luego ir desarrollándonos día a día y así pasar a la niñez, a la adolescencia, a la juventud, a la  madurez de la edad adulta, y a la sabiduría de la ancianidad (Ap.4,4).

Un crecimiento en todos los sentidos, como reflejo de nuestra Vida espiritual. Y si lo sabemos valorar nos sirve para en este mismo crecimiento acercarnos  más y más a Dios, acogiéndonos a la gracia de su infinito Amor para que regresemos a Él, para que nos salvemos y gocemos de su gloria, de todos los bienes, que aún no podemos percibir, pues lo que ni el ojo vio ni el oído oyó es lo que Dios tiene preparado para nosotros (1Cor.2,9). Nunca habíamos visto, ni aún en el jardín de Edén, la gloria que Dios tiene preparada para nosotros, la gloria final para los que se salven.

El hombre creado por Dios o formado por Dios, significa que hemos salido “de las manos de Dios”. Representa este hombre nuestro principio,  el estado en el que nos encontrábamos, la gloria  en la que  vivíamos en el jardín de Edén. Luego, por la gracia de Dios  vendríamos a nuestro estado actual. Esta verdad sobre el principio de nuestro estado actual como humanidad entera para ser rescatada del pecado, nos la confirma el apóstol Pablo otra vez en su discurso a los atenienses en el Areópago:

 

Él creó de un solo principio, todo el linaje humano,

para que habitara sobre la faz de la tierra

fijando los tiempos determinados

y los límites del lugar donde habrían de habitar

con el fin de que buscaran a Dios,

para ver si a tientas lo buscaban y lo hallaban;

por más que no se encuentra lejos

de cada uno de nosotros;

pues en Él vivimos, nos movemos y existimos,

como habéis dicho algunos de vosotros:

“Porque somos también de su linaje”.

(Hc. 17, 26-28)

 

Es de vital importancia esta revelación, pues aunque por tradición se nos haya transmitido que habíamos heredado un pecado cometido por un solo hombre, muchos no lo habían aceptado porque han visto que siendo Dios sumamente bueno, justo y misericordioso, sería contradictorio que hiciera recaer un pecado sobre todos los demás, que no habíamos decidido voluntariamente pecar. Y como consecuencia de no entenderlo así muchos han menospreciado el relato de la creación en el Génesis, y tantos han restado valor al pecado y a la necesidad de ser perdonados por Dios.

Pero la Biblia nos revela más versículos además de éstos,  que iremos viendo en el resto de este relato que también confirman cuanto hemos visto hasta aquí:

 “Nacimos antes de que las tinieblas nos llegaran” (Job.19,21). “Te conocí antes de que te formara en el vientre de tu madre” (Jer.1,5).

 El hombre fue creado primero como ser espiritual, y luego por el pecado pierde todo. Mas la compasión de Dios le concede la gracia de ser humano, de ser cada uno parte de esta humanidad. Es el motivo de que la primera parte de este libro trate de la creación del hombre espiritual, y la segunda parte de nuestra condición actual, del hombre terrenal. Esta verdad hará a muchos conocer el verdadero sentido de la creación y el de su propia y auténtica realidad.

En el desarrollo de este libro vamos a ver más confirmado este versículo con el que empezamos este tema, porque además de lo exclusivo del relato la creación en el Génesis que completa esta verdad, van incluidos dentro de su  propio contexto, otros versículos del resto de la Biblia que lo avalan. Es más, partiendo de este conocimiento que Dios hoy pone ante nuestros ojos sobre el relato de la creación en el Génesis, podemos entender mejor el resto de la Biblia, comprendida entre el Génesis (que significa principio) y el Apocalipsis  (que significa revelación). Jesús dijo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el fin” (Ap.2,11).

Es la Luz el comienzo de la creación. Y es Cristo, nuestro salvador, la Luz del mundo para salvación nuestra, el mensaje que contiene el primer día de la creación de nuestro universo que veremos en la segunda parte de este libro.

 

 

 

 

Yahveh Dios hizo brotar del suelo

toda clase de árboles deleitosos a la vista

y buenos para comer,

y en medio del jardín el árbol de la Vida

y el árbol de la ciencia del bien y del mal.

(Gén. 2,9)

 

Teníamos de todo para ser felices, teníamos toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer. No necesitábamos nada más, éramos felices, vivíamos en amistad con Dios.

Entendamos que estamos hablando de un estado espiritual y que por lo tanto los árboles son símbolos que usa el Señor para hacernos ver que vivíamos en felicidad. Y el árbol de la ciencia del bien y del mal, como símbolo que nos advertía de que contenía algo que no era bueno para nosotros a pesar de su apariencia atractiva.

No era una prueba a la que Dios nos exponía, sino que realmente había un peligro que nos podía contaminar, como lo es toda relación o  comunicación con el demonio.

Con el árbol de la Vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal, se nos revela la libertad en la que fuimos creados. El elegir el árbol de la Vida, es elegir la eternidad a la que Dios nos llevaba por medio de aquel estado de crecimiento, hasta la unidad en Él.

El árbol de la ciencia del bien y del mal lleva algo en sí que no proviene de Dios: la ciencia del mal, la experiencia del mal. Dios nos creó libres, podíamos elegir. Y hoy también podemos elegir.

Estaban los dos árboles en medio del jardín, en el centro, indicándonos así que nuestra vida giraba en torno a aquella elección.

La libertad es el don más preciado que Dios puso en nosotros. Dios no nos creó como marionetas, sin voluntad, sino que nos concedió el libre albedrío para que cada uno elija. Y así, como todos ya sabemos, Dios respetó la decisión que tomó la humanidad al comer del árbol que la haría descender del estado de felicidad, de delicias, de la cercanía a Dios. Y aún hoy Dios sigue respetando esta libertad, y cada uno puede buscarlo para vivir en Él, o puede seguir en sus tinieblas y descender al abismo.

Ahora los cuatro brazos del río que salen del jardín de Edén, van a confirmar estos versículos que hemos visto aquí.