El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico

Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

Y dijo Dios:

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen,

como semejanza nuestra

y mande en los peces del mar

y en las aves de los cielos,

y en las bestias y en todas las alimañas terrestres,

y en todas las sierpes que serpean por la tierra”.

Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya,

a imagen de Dios le creó,

varón y hembra los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo:

“Sed fecundos y multiplicaos

y henchid la tierra y sometedla;

mandad en los peces del mar

y en las aves de los cielos

y en todo animal que serpea sobre la tierra”.

Dijo Dios:

“Ved que os he dado toda hierba de semilla

que existe sobre la haz de la tierra,

así como todo árbol que lleva fruto de semilla;

para vosotros será de alimento”.

“Y a todo animal terrestre

y a toda ave de los cielos

y a toda sierpe de sobre la tierra,

animada de vida,

toda la hierba verde les doy de alimento”.

Y así fue.

Vio Dios cuanto había hecho

y todo estaba muy bien.

Y atardeció y amaneció: día sexto.

(Gén.1,24-30)

Dios que se compadeció de nosotros, nos da ahora (conforme nos dicen estos versículos y los que siguen) esta forma de vida terrenal, este peregrinaje en el que nos encontramos, para que recuperemos ayudados por su gracia, nuestra verdadera Vida, nuestra verdadera Patria, porque nuestra verdadera patria no es la tierra en la que habitamos, sino que nuestra auténtica ciudadanía es el cielo. Cada uno es de donde nació (Flp.3,20). Allí fuimos creados, en el jardín de Edén, allí habíamos nacido, como seres espirituales.  Abrahám añoraba la Patria celestial, y se sentía como extranjero porque aspiraba “la ciudad que tiene los fundamentos cuyo arquitecto es Dios” (Hb.11,10).

El hombre aquí no se siente completamente feliz en esta vida terrenal, sino que nuestro ser aspira nuestra verdadera patria: “una patria mejor, la celestial”. Somos aquí “peregrinos, extranjeros sobre la tierra” (Hb.11,13-16).

Ahora en este Tema VI veremos cómo Dios va a ir dando a todos aquellos seres caídos en la confusión del pecado, que éramos todos nosotros, cuanto precisamos para que podamos recobrar los bienes perdidos y recuperar, por su gracia, nuestra verdadera ciudadanía celestial. Y comienza infundiéndole al hombre su imagen y semejanza, para que aspire a ser en cuanto Él Es.

Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra.

El ser humano ha sido creado a imagen de Dios como reflejo de lo que Él Es: reflejo del Amor, de la Verdad, de la Vida, del poder…  Esta imagen y semejanza no es en el cuerpo pues Dios no es cuerpo material. Así que creó nuestra realidad humana, para lo que nos da un alma y con su gracia comencemos  el camino de retorno a la Vida eterna.

Recordemos que hoy el ser humano es un espíritu que tiene un alma, (1Tes.5,23) y que está en un cuerpo material mientras está aquí (1Cor.3,16). Nuestro espíritu había perdido la identidad con Dios porque se había alejado de Él por el pecado, y es entonces cuando Dios le infunde el alma, la que le da la imagen y semejanza con su Creador para levantarlo del polvo, de la nada.

La semejanza se nos da por “el aliento de Vida de Dios”. Y el cuerpo, como medio para permanecer aquí en este estado, y para que por medio de él diferenciemos mejor nuestra realidad espiritual. A través del cuerpo, de su estructura y funcionamiento, podemos conocer más lo que en verdad somos.

Que nuestros espíritus caídos por desobediencia en las tinieblas, van a recibir “el aliento de Dios” el alma que infundió en cada uno de nosotros para llevarnos a la resurrección, lo vamos a ver luego en el “Segundo Relato de la Creación del Hombre” (Gén.2,7).

Y es a este hombre, imagen y semejanza de Dios, al que le concede su creador el dominio sobre todo lo creado. Nada puede sobre el hombre cuando el hombre vive en Dios:

Y mande en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en todas las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.

Dentro de la lectura espiritual que estamos siguiendo sobre todo lo creado, y el simbolismo que hemos visto sobre los seres creados, veamos también que el dominio está sobre todo lo que se refiere a la Vida de nuestras almas. Nada de lo que nos rodea, nada que pueda llegar a nosotros, tiene poder sobre nosotros. Dios da al hombre las armas que precisa en esta lucha en la que estamos inmersos (Ef.6,10-18).

Pero este poder y autoridad que Dios da al hombre para que sea vencedor en esta lucha, lo puede perder y ser entonces él mismo dominado por cuanto él habría de dominar.

Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.

Habíamos visto que Dios nos creó y nos colocó en el jardín de Edén. Entonces éramos sólo seres espirituales, que luego abandonamos a Dios por la desobediencia y perdimos la Vida en Él. Antes de este momento no éramos varones o hembras, porque el espíritu no contiene esta diferencia que es natural, meramente humana.

Es ahora en este versículo cuando se nos dice que Dios nos dio esta vida terrenal como seres humanos, y es cuando se nos llama varón y hembra. Nos da Dios esta vida como gracia para recuperar la Vida en Él, como hemos visto ya.

Creó Dios al ser humano (a la humanidad entera) y al crearlo en su condición humana, concibió señalar una diferencia que nos hiciera ver que ambos transgredimos de distinta forma el mandamiento de Dios.  Ésa es la diferencia entre varón y hembra, entre todos los seres que formamos esta humanidad. El ser humano es, varón y hembra.

Y el ser humano (tanto los seres que se acercaron voluntariamente al árbol prohibido, como los que aceptaron la invitación de aquéllos) recibe  entonces, según la providencia de Dios que conoce cuanto necesita cada uno, la condición de varón y hembra con la que hoy nos conocemos, ambos con sus dones inherentes. Pero todos a imagen y semejanza de Dios, todos hermanos en Cristo.

Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra y sometedla”.

(Recordemos aquí que en hebreo los términos Adam que significa hombre o humanidad, y adama que significa tierra tienen la misma raíz).

Nosotros somos esa tierra que ha de ser fecunda para dar frutos de Vida. Eso es multiplicarnos. Hemos de llenarnos de la Vida, y someter en nosotros todo lo que no es Vida. Tenemos el poder para vencer todo lo que venga en contra de nuestra salvación,  y de someter nuestra carne, nuestra propia humanidad, nuestra tierra seca, para que el alma reviva y el espíritu sea libertado de las tinieblas que pueden llevarlo a la Muerte.  Para ello no estamos solos sino que tenemos el poder que Dios nos ha dado:

“Mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra”.

Tenemos la autoridad que nos confiere el ser hijos de Dios (Jn.1,12). Y podemos mandar con poder sobre todo lo que Dios ha puesto bajo nuestro dominio, que siguiendo también la lectura espiritual de la creación, vemos que no se limita a la realidad natural, sino a lo que significa para nuestra vida espiritual cada uno de los signos que se desprende de todo lo creado.

Esta autoridad sobre todo ello, es la autoridad en el espíritu, pues cuando el ser humano vive en el espíritu tiene poder para vencer sobre todo. El hombre puede superar su condición pecadora   incluso aquél que está al nivel ínfimo de los que se arrastran, como simbolizan las sierpes (toda la familia de la serpiente símbolo del demonio); puede el hombre dominar sus bajos instintos, el nivel animal de los que están siendo dominados por la carne. Esto simbolizan los animales terrestres.

Y puede dominar todo esto, para entrar en la vida de los creyentes (los peces) y aún elevarse más cerca de Dios (las aves). Un camino a la inversa de cómo fueron apareciendo los animales en este relato, porque aquél fue un camino de descenso y éste es el camino de retorno a Dios.

Dios da autoridad y dominio al hombre teniendo en cuenta la condición específica de cada uno, a nivel espiritual. Y también a nivel natural, sobre todos los animales creados, porque el hombre es superior a todos ellos, conforme hemos visto en los anteriores días de la creación.

 Pero para superar esa limitación de su naturaleza, el hombre ha de alimentarse de cuanto Dios le da. El alimento del hombre es este:

Dijo Dios: “Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento”.

Toda hierba simboliza todo lo humilde y sencillo. Dios dice que sea ese nuestro alimento.

Jesús nos dice: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt.11,29).

La semilla aquí es el germen de la Vida en Dios. En la parábola del sembrador Jesús enseña que la semilla es la Palabra (Lc.8,11). Dios nos da la Palabra para todos, y podemos aprender de  los más pequeños como la hierba, o los más crecidos como los árboles. Y así unos y otros podemos ser instrumentos por los que la Verdad sea sembrada y alimente a los demás.

Su Palabra alimenta a todo el que la come, a todo el que la vive.

“Y a todo animal terrestre y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento”.

No excluye del alimento a ninguno de los seres creados en el quinto y sexto día. Del significado simbólico es de lo que estamos tratando y que ya hemos visto. Lo hemos comparado con nuestra situación, actitud y comportamiento como seres humanos en el orden espiritual. A todos, en  este sentido espiritual, nos da Dios la semilla de la Palabra que alimenta, fortalece, y hace crecer nuestras almas hacia Él, y así conservar la Vida que nos lleva a la salvación.

Incluso los animales terrestres, símbolo de los que no buscan a Dios, sino que miran siempre el suelo “que el hombre hizo maldito por su causa”, también éstos pueden alimentarse de la semilla de la Palabra, para levantarse y resucitar en Cristo. Él vino a salvarnos a todos, hasta toda sierpe.

Y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.

Pero añade: Animada de vida. Eso no lo dice de los otros animales. Y es porque éstos simbolizan a los hombres que están negados totalmente a recibir la Vida, están a ras del suelo, el nivel más bajo, como la serpiente, pero pueden recobrar la Vida.

Hemos de observar aquí en este versículo, que según hemos visto ya, estas sierpes simbolizan a los que están abiertamente en contra de Dios, los que están al otro lado del río Éufrates (Gén.2,14). Porque la serpiente es símbolo del demonio. Pero al decir a toda sierpe animada de vida, no se está refiriendo a los demonios, sino a los que recibieron “el aliento de Vida”, el alma, es decir, simbólicamente a los hombres que aunque estén tan alejados, Dios respeta su libertad y espera para que se vuelvan a Él. Así es, que entonces  también a ellos Dios les da el alimento.

Cristo vino a darnos la Palabra a todos, y todos  podemos ser salvados. La decisión es personal.

Y así fue.

Todo cuanto la Palabra dice siempre se cumple, y los hombres reciben el alimento.

 Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien.

En los otros días Dios vio que estaba bien. Ahora en este sexto día dice que estaba muy bien. Todo lo creado para dar Luz al hombre, está completo. Es la culminación de una obra perfecta, creada para nosotros.

Y el hombre puede dominar sobre todo lo que Dios puso aquí como medio para ver la Luz, volverse a Dios, y ser resucitado. Pero aún así muchos no han visto, y necesitan resucitar a la Vida. Por eso también se dice en este día:

 Y atardeció y amaneció: día sexto.

 

 
   
   
   
   
   
   
   

                                

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