El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

El día en que hizo Yahveh Dios

la tierra y los cielos,

no había aún en la tierra

arbusto alguno del campo,

y ninguna hierba del campo

había germinado todavía,

pues Yahveh Dios

no había hecho llover sobre la tierra,

ni había hombre que labrara el suelo.

Pero un manantial brotaba de la tierra,

y regaba toda la superficie del suelo.

Entonces Yahveh Dios formó al hombre

con polvo del suelo,

e insufló en sus narices aliento de vida,

y resultó el hombre un ser viviente.

(Gén2,5-7)

 

 El día que hizo Dios el cielo y la tierra, son  palabras que están haciendo referencia a lo que dice el comienzo del relato de la creación: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gén.1,1). Fue antes de que empezaran los seis días de la creación, cuando Dios nos concedió levantarnos del estado de pecado, para que por medio de este estado de humanidad seamos tierra que pudiera luego ser regada por su gracia, por su Palabra. Por esto aquí se dice:

No había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba había germinado todavía.

 Siguiendo este relato de la creación, Dios iba a crear la vegetación el cuarto día, cuando preparaba nuestro medio de adaptación y crecimiento, para enseñarnos que se da un proceso en nuestro caminar. Aquí se nos dice que estaba latente una Vida nueva para nosotros.

Pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra.

Sin embargo teníamos concedida esta vida que es la capacidad de ser tierra para ser regada y que germine en nosotros la Vida que da frutos; pero aún en el principio no había llegado el hombre terrenal, que sería colocado por Dios aquí en el día sexto, después de toda la creación preparada para él. Por eso continúa diciendo que:

 Ni había hombre que labrara el suelo.

 Sería después de darnos esta vida como seres humanos, cuando habríamos de empezar a trabajar, ayudados por su gracia para desprendernos de todo lo que habíamos traído, porque aún no había germinado en nosotros la Vida. Así que se dice:   

Pero un manantial brotaba de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.

Desde el principio, aunque estábamos en las tinieblas por el pecado, Dios estaba con su Espíritu sobre nosotros, y nos dio la gracia de ser regados, de aceptar y tener dentro de nosotros mismos el agua que nos purifica, el agua que Cristo nos da para resucitar en Él. Ése es el manantial que brotaba de la tierra.

Hace diferencia este relato entre tierra y suelo. Tierra se refiere a nosotros, a nuestra vida aquí. Y suelo, el tope inferior en nuestro descenso desde el “jardín de Edén” sobre lo que hoy estamos, lo humano, sobre toda la contaminación con la maldad, con las tinieblas; pero no están sobre nosotros sino nosotros por encima del suelo sobre el que nos encontramos ahora.

Porque “el suelo lo hicimos maldito por nuestra causa”, pero la tierra que somos, recibe la bendición: un manantial brotaba de la tierra. La bendición de tener el manantial que brota desde nuestro interior cuando somos en Cristo. La Palabra dice: “De su interior brotarán ríos de agua viva” (Jn.7,38). Si nos llenamos de Cristo, bebemos del agua que Él nos da.

Y cuando cada uno de nosotros se deja regar por esta bendición para ser limpio, entonces el suelo, que comprende  las dificultades que conllevan luchas, también es una bendición para nosotros (Dt.7,12) porque la lucha nos fortalece, y cada victoria sobre lo maldito nos anima a seguir adelante, a buscar más de Dios. Por esto se dice, que este manantial que brota desde nosotros, desde la tierra que somos, regaba toda la superficie del suelo.

Así lo concibió Dios desde el principio en que su Espíritu aleteaba sobre nosotros, sobre la tierra que era “caos, confusión y oscuridad” (Gén.1,2). Y después de todas estas capacidades que concibió Dios para nosotros, llegó el momento   en que se hace realidad nuestra condición humana.

Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de Vida, y resultó el hombre un ser viviente.

El polvo no se refiere a que Dios creara nuestros cuerpos del polvo de aquí sino que polvo es nuestra condición de seres despojados de todos los bienes; no teníamos nada, ningún valor. El polvo no sirve, se desecha, no permanece,  deteriora y pudre. Y si Dios por su gran Amor no se hubiese compadecido de nosotros, no seríamos nada. Pero esa nada en que nos habíamos convertido Dios la toma y le infunde su aliento de Vida.

Y por el aliento de Vida en nosotros, que son nuestras almas,  el espíritu del hombre va a poder comprender su situación,  entender cuanto Dios le dice para ir guiándolo, y por su libre voluntad  ser salvado, ya que Dios le sigue dando la libertad. Además, por sus propias experiencias puede aprender en el camino, porque por ellas cada uno puede recordar, que cuando vive en Dios es libre, y en el pecado es esclavo. Esto si ha tenido un encuentro con Dios.

Cuando el hombre busca la Verdad, la Luz, y se hace pobre, el alma es libre y todo es nuevo, todo en él  se hace lleno de Dios.

 Porque el alma nos fue dada para llevar al espíritu a la Vida y ser luego uno en Dios. El hombre es semejante a Dios si vive en el Amor y en la Verdad, porque en ello está la Vida.

Nos puede servir para comprender mejor este segundo relato del hombre terrenal, la visión que tuvo el profeta Ezequiel sobre el valle de los huesos secos, donde todo era muerte, y la Palabra de Dios infunde en ellos la Vida. Y se levantaron y era un gran ejército (Ezq.37).

Igual en este relato del Génesis, a nuestros espíritus que habían perdido la Vida, Dios insufló en sus narices aliento de Vida que son nuestras almas, y luego nos recubre del “vestido de sayal” que son nuestros cuerpos (Gén.3,21). Donde parecía que iba a reinar la Muerte, el aliento de Dios infundió Vida.

Es evidente que la palabra hombre sigue teniendo el significado de humanidad. Porque si la consideráramos como  sinónimo de varón, resultaría que el varón tendría alma y la mujer, (que fue creada después y que  según la descripción literal de este relato salió “de la costilla del hombre”) no tendría alma. No se dice expresamente en este relato que Dios insuflara aliento de Vida en la mujer.

 (Según parece eso es lo que creía el hombre de los primeros tiempos). La verdad es que Dios dio su aliento de Vida, infundió un alma, a toda la humanidad, al hombre, al ser humano, tanto a los varones como a las hembras.

El significado espiritual más amplio de la palabra mujer lo veremos en los siguientes versículos.  

 

 

Dijo luego Yahveh Dios:

“No es bueno que el hombre esté solo.

Voy a hacerle una ayuda adecuada”.

Y Yahveh Dios formó del suelo

todos los animales del campo

y todas las aves del cielo

y los llevó ante el hombre

para ver cómo los llamaba

y para que cada ser viviente

tuviese el nombre que el hombre le diera.

El hombre puso nombre a todos los ganados,

a las aves del cielo

y a todos los animales del campo,

más para él no encontró una ayuda adecuada.

(Gén.2,18-20)

 

A este hombre terrenal, Dios le había dado el alma y lo había vestido con el cuerpo, como “túnicas de piel”.

Dijo luego Yahveh Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”.      

Mas Dios tenía preparado para el hombre algo más. Y siguió dotando al hombre que había creado de cuanto le era necesario para cerciorarse de su situación, ver, y así luego, usando todos estos elementos de la creación, poder relacionarse con su creador.

Y así se inicia para el hombre una ayuda adecuada. Primero, haciendo pasar ante sus ojos a todos los animales que había creado a los cuales habría de ponerles nombre. Lo que significa que Dios da al hombre la capacidad de diferenciar y discernir.           

Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera.

De nuevo se confirma en estos versículos lo que se ha ido viendo en el relato de los seis días de la creación. Cada uno de los seres creados sirve de signo a través de los cuales el hombre puede “leer”, y servirle de base de un lenguaje por el que también su creador le habla. Es como un pacto de entendimiento entre Dios y el hombre. Así se ve a través de toda la Biblia, cómo son usados todos los elementos de la creación.

Aún para completar este entendimiento con su creador, le faltaba el poder hablar. Entonces Dios le da al hombre la capacidad de hablar. Y comienza así:

El hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo.

Desde su limitación el hombre observa las características propias de cada animal, le da nombre adecuado, y con ello comienza el  diálogo con Dios, una comunicación con su creador, que le había puesto delante todos los signos y le capacita para nombrarlos. 

El hombre ve que todo es armonía y belleza en todo cuanto Dios ha creado; ve las peculiaridades, comportamiento y diferencia entre las distintas especies.  Pero no ve qué hace él en medio de todos aquellos seres; no se siente igual que ellos, siente que necesita más, no se siente completo estando limitado a una naturaleza animal. Por eso dice este versículo:

Mas para él no encontró una ayuda adecuada.

El espíritu del hombre tiende a la unidad con su creador. Dios había vivificado el espíritu del hombre que venía envuelto en las tinieblas, cuando sopló sobre él infundiéndole “un aliento de Vida”, un alma. Y Dios ve su anhelo, su necesidad. El hombre no se encontraba a la altura de aquéllos seres vivientes. El hombre no se conforma con una vida carnal, su espíritu demanda algo más; Dios le atrae poderosamente, su alma anhela más de Dios (Ef.4,24). No había sido creado para una vida a nivel natural, animal. Pero en aras a la libertad que Dios le concedió era necesario que el hombre decidiera  buscar a Dios.

Y Dios le responde al hombre, a la humanidad, dándole la ayuda adecuada, el complemento, para que se eleve de su condición humana, a la de ser un ser espiritual, para así reencontrarse con su Creador.

Esa ayuda adecuada es la Iglesia (la Mujer simboliza a la iglesia). Y el hombre es iglesia cuando cada uno está en comunión con Cristo, que lo lleva al encuentro con el Padre.

 Es en esta situación en la que nos encontramos ahora, en la que cada uno de nosotros hemos de decidir buscar a Dios. Él está siempre anhelando que vivamos en Él, que seamos hoy morada suya, templo suyo, que cada uno sea iglesia. Es de lo que nos hablan los siguientes versículos.

 

 

 

Entonces Yahveh Dios hizo caer

un profundo sueño sobre el hombre,

el cual se durmió.

Y tomó una de sus costillas,

rellenando el vacío con carne.

De la costilla que Yahveh Dios

había tomado del hombre

formó una mujer y la llevó ante el hombre

Entonces éste exclamó:

“Esta vez sí que es hueso de mis huesos

y carne de mi carne.

Ésta será llamada mujer,

porque del varón ha sido tomada”.

(Gén.2,21-25)

En el orden espiritual y considerando a la Mujer como Iglesia, este profundo sueño es la experiencia mística, cuando el hombre se entrega totalmente a Dios, descansa en Él, y cambia radicalmente, para amanecer a una vida nueva, por encima de su condición puramente natural, y vivir una vida espiritual (2Cor.17). Esto significa el sueño profundo: el descanso en Dios.

Y así se da un encuentro con la Presencia de Dios, no desde la carne, sino desde el Espíritu que da Vida, cuando el hombre cae en un profundo sueño.

Ahora vemos en el siguiente versículo, que libre de la limitación de su mente, abandonado al quehacer de Dios en él, recibe el cambio, para ser  “hombre nuevo”:

Y le quitó una de sus costillas rellenando el vacío con carne.

El hombre que venía vacío, despojado, porque había perdido  todos los bienes, ahora recibe su naturaleza humana, que es carne.

Y en este caminar, cuando el hombre descansa en Dios y le entrega lo que tiene (simbolizado en la costilla) ya no hay vacío, porque Dios cubre con creces todo vacío; lo conforta, consuela, le da la fuerza, la fortaleza, lo cubre de carne, es decir, lo suple con todo lo que desde su estado terrenal, desde su limitación, precisa aquí para vivir en plenitud desde su condición natural. Siempre Dios provee por su Santo Espíritu, que viene siempre en nuestra ayuda (2Cor.1, 4).

Para estar en unidad con Dios el hombre ha de despojarse de sí mismo, de lo superfluo de su propia condición, de lo que no le es necesario  en su camino espiritual.

De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre  formó una mujer y la llevó ante el hombre.

 Es aquí, en este momento, en la entrega total del hombre (de cada uno),  cuando la promesa anunciada desde el primer instante de la caída de esta humanidad, la promesa que se hizo antes de la creación del mundo (Gén.1,3), llega a realizarse en el hombre: cuando el Primogénito de toda la creación se hace real en nosotros (Col.1,15), y así nace la comunión con Dios, nace la Mujer, nace la Iglesia.

Eso significan estas palabras: Dios formó una mujer y la llevó ante el hombre.

La mujer (con minúscula) se refiere a la mujer que inició el pecado en la humanidad, como ya hemos visto. Y la Mujer (con mayúscula) en sentido espiritual que es de lo que está tratando este libro, se refiere a la Iglesia. La finalidad de cuanto Dios hasta ahora había hecho para levantar al hombre caído, es que el hombre reciba a Cristo. Pero faltaba algo más, y era la comunión del hombre con Dios. Cuando el hombre está en comunión con Dios, es iglesia. Si el hombre recibe a Cristo, ya no es hombre caído, es iglesia, templo de Cristo, vive en Cristo.

Y el hombre, en este relato, descubre que ser iglesia, estar en comunión con Dios, es su verdadera realidad, su verdadera identidad, su anhelo colmado. Y dice estas palabras de júbilo:

 Ésta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

Es hueso de mis huesos, pues conforme el cuerpo se sostiene por los huesos como soporte principal, así el espíritu del hombre es sostenido al ser iglesia.

Al pasar de ser hombre caído en el pecado, a ser iglesia, al sentirse en unidad en la Verdad, en Cristo, ve que en él está el poder,  la fortaleza, que ahora puede avanzar hacia el Padre.

Y siente también que ella es carne de su carne, que le ha sido dada su condición humana para ser en ella y ella en él. Él para ser iglesia y la iglesia para ser en él. Siente que es comprendido, aceptado en su condición de hombre pecador que entregado a Dios recibe la gracia de ser hombre nuevo (Jn.3,3-7), de ser nueva criatura en Cristo (2Cor.5,17).

Esta será llamada Mujer porque del varón ha sido tomada”.

La Iglesia, la Mujer, nace de Cristo al que se llama Varón de dolores (Is.53,3); nace del Amor y la compasión de Dios que entregó a su Hijo para rescatarnos del pecado, y nace de la necesidad del hombre para ser salvado, ya que si la humanidad no hubiese pecado no habría sido necesaria la redención ni que tuviéramos que ser iglesia, sino que estaríamos ya en la gloria del Padre, a la que ascendieron los seres que siguieron el camino del primer río que salía desde el Jardín de Edén (Gén.2,11-12) hacia una gloria mayor porque eligieron vivir en Dios y no escucharon la voz del demonio.

A todos nosotros, que desde el jardín de Edén, tomamos los otros caminos  que nos alejaron de Dios, se nos da la gracia de unirnos en Cristo y así, siendo iglesia, seguir el Camino que Dios preparó para rescatarnos.

 Y para ser iglesia, el hombre habrá dejado atrás todo lo anterior, todos sus pecados, y comienza una Vida nueva, porque el que se une al Señor un espíritu es con Él (1Cor.6,16-17).

 

 

Por eso deja el hombre

a su padre y a su madre

y se une a su mujer,

y se hacen una sola carne.

Estaban ambos desnudos,

el hombre y su mujer,

pero no se avergonzaban

el uno del otro.

(Gén. 2,21-25)

 

Si observamos este versículo, vemos que no se dice en él que la mujer tenga que abandonar a su padre y a su madre, sino que dice:

 Por eso el hombre deja a su padre y a su madre.

Queda confirmada así una vez más que hombre significa humanidad, y no varón. Sin embargo, todos, tanto los hombres como las mujeres, en el orden natural hemos de abandonar a nuestros padres. Se nos está diciendo con estos versículos que no somos dos clases de seres diferentes sino que en nuestra realidad natural, los dos somos una sola carne, que somos lo mismo uno que el otro: somos todos seres espirituales caídos en el pecado que hemos venido a ser humanidad por la misericordia de Dios.

Pero hablando en el orden espiritual, que es la misión de esta revelación, se nos advierte también que  hemos de abandonar al padre y a la madre.

Pero ¿quiénes son el padre y la madre que hemos de abandonar? Es que en nuestra realidad espiritual, cuando cada uno es una nueva criatura en Cristo, cuando el hombre se hace iglesia,  habrá abandonado al que lo hizo en el pecado; abandona al padre de todo pecado, al padre del engaño, de la mentira (Jn.8,44). Y abandona a “la madre de los vivientes”, a Eva, la mujer, que es su situación de pecado. Abandona el estado de pecado que concibió, que engendró (Gén.3,20).

Ésos son el padre y la madre que aquí se nombran y que hay que abandonar si queremos, unidos a Cristo, ser iglesia y así estar en el camino de salvación, porque cada uno de nosotros está llamado a abandonar todo su pasado de pecado para unirse a Cristo, ser iglesia, que ya hemos visto que es la Mujer. Y la identificación es mutua entre el hombre y la Mujer:

Se une a su mujer, y se hacen una sola carne.

En el orden espiritual, el hombre se une a la Mujer al ser iglesia. Y la Iglesia, la Mujer, se une al hombre cuando el hombre vive en Cristo. Es una identificación mutua:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su Mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.

El hombre nuevo puede verse en su condición anterior como pecador y ya no se avergüenza; de nada se avergüenza (que es lo que el enemigo intenta para que no nos encontremos con Cristo) sino que siente el arrepentimiento, el perdón y la alegría de ser libre. Ha visto la Verdad y que lo que por sí mismo no puede, Cristo lo puede en él (Flp.4,13). Es un hombre nuevo (Ef.4,22-24)  se ha desprendido de lo humano, de las obras de la carne y es un hombre espiritual. Por esto ya no se avergüenzan el uno del otro: El hombre viejo (el hombre pecador) y el hombre nuevo (el hombre resucitado en Cristo). Así es como el hombre es iglesia.

En el primer pecado en el Edén, el hombre se esconde de la Presencia de Dios, tuvo miedo y se cubrió, porque se sentía vacío, desnudo. Era una actitud de sentirse avergonzado ante Dios, porque intentó cubrirse “con hojas de higuera”. El hombre envuelto en el pecado no quiere ver a Dios.

Muchos hoy no quieren saber de Dios, no buscan a Dios, no quieren que se les hable de Dios; aunque la Luz del mundo vino para todos, los hombres no han querido verla para que no queden al descubierto sus propios pecados: “Vino a la Luz al mundo pero los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal aborrece a Luz y no va a la Luz para que sus obras no sean censuradas” (Jn.3,19-20). Pero cuando el hombre se convierte de hombre carnal para ser iglesia,  cuando busca la Verdad, va a la Luz “para que quede manifiesto que sus obras están hechas según Dios”, dice Jesús (Jn.3,21).

Vemos que estos últimos versículos se refieren a la iglesia que es cada uno y también la Iglesia como pueblo de Dios, formado por cada uno que vive en Dios, como comunidad de los que viven en comunión con Cristo.

Jesús en los últimos momentos en la cruz señala a María como la Mujer, como imagen o símbolo de la Iglesia, conforme se ha visto también en el capítulo XII del Apocalipsis. Y le dice a María: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Y al discípulo Juan, que representa a los hijos de Dios, le dice: “Hijo ahí tienes a tu Madre” (Jn.19,26-27). Con estas palabras nos presenta Jesús a  la Iglesia, la Mujer, que como Madre, nos cobija a todos los que busquemos la Luz, la Verdad, a Cristo.

Es el abrazo de la parábola del hijo pródigo que citábamos al principio (Pág.23). Entonces  hacía referencia a la decisión que tomamos de apartarnos de Dios dejando todos los bienes que nos había dado. Ahora se refiere al final de esta historia, cuando el padre recibe al hijo que lo  había abandonado y malgastado todos los bienes que le había dado. No reparó en recibirlo aún estando maloliente del camino (Lc.15,11-32).

Así Cristo recibe a todo el que se le acerca, lo hace iglesia, para llevarlo de su mano ante el Padre, ahora que aún estamos en este “año de gracia” pues en la gloria eterna no puede entrar nada impuro (Mt.25,31-46).

Con ello Dios nos llama a ser resucitados siendo en Cristo, siendo iglesia. Y es Dios Padre creador, que ama a todas las criaturas, que nos quiere levantar hacia Él, para lo que nos ha concedido la redención por medio de su Hijo Jesucristo. Y por el poder de su Santo Espíritu, la revelación para que salgamos del estado de desobediencia, la revelación que nos hace llegar cuanto necesitamos para ser y permanecer en Él hasta el momento final. Todo por su gracia.

Mientras, nos llama a cada uno a descansar en Él. Es el significado del día séptimo, que veremos en el siguiente tema.

 

 
   
   
   
   
   
   
   

                                

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