El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico

Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente:

“Por haber hecho esto,

maldita seas entre todas las bestias

y entre todos los animales del campo.

Sobre tu vientre caminarás,

y polvo comerás todo los días de tu vida”.

(Gén.3,14)

 

Dios no nos maldijo a nosotros, maldijo a la serpiente, al demonio. Y a nosotros nos hizo ver en la situación de maldición en la que habíamos caído, como veremos a continuación. El demonio quiso hacernos creer que podíamos vivir tanto en el bien como en el mal, que ambos podían mezclarse.

Y Dios nos trajo la Luz haciéndonos ver que no puede coexistir la Luz con las tinieblas (2Cor.6,14). Y nos lo hace saber decretando una separación radical entre ambas. Ésa es la maldición a la serpiente; pero no a la serpiente, sino al demonio al que simboliza.

 La serpiente aún no había sido creada, y se nos muestra como símbolo porque Dios creó luego este animal con las características necesarias para que entendamos la actitud del demonio, y conociéndola estemos alerta, como cuando alguien se adentra en una selva y pone en marcha todas las precauciones para descubrir si hay    alguna serpiente cercana, o algún peligro.

El demonio no tiene poder sobre nosotros, no está sobre nosotros, se arrastra sobre su vientre:

 Sobre tu vientre caminarás.

 Está a ras del suelo, sobre lo que comió cuando comió su propia condenación; sobre sí mismo se arrastra. No tiene poder sobre ninguno de nosotros, está al nivel más bajo, a nivel del suelo de donde puede procurarse su alimento, pues Dios le dijo:

Polvo comerás todos los días de tu vida.

El significado de este alimento que puede procurarse la serpiente, lo veremos luego en la creación del hombre, cuando Dios le dice que es “polvo y al polvo volverá”. Ahí se refiere a lo que somos nosotros por nosotros mismos si no resucitamos del pecado, se refiere a la condición pecadora de nuestra humanidad. Si vivimos sólo nuestra condición de hombre y no en el espíritu (o como dicen las Escrituras, si vivimos en la carne y no en el espíritu) servimos de “alimento” a la serpiente, al demonio.

Pero Dios nos protege y nos cuida interponiendo entre la serpiente y nosotros, a Cristo nuestro Salvador. Y así lo promete y nos lo revela, nos lo hace saber anunciando la promesa de la redención.

 

 

Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente:

“Enemistad pondré entre ti y la mujer,

y entre tu linaje y su linaje:

Él te pisará la cabeza

mientras acechas tú su calcañar”.

A la mujer le dijo:

“Tantas haré tus fatigas

cuantos sean tus embarazos:

con dolor parirás tus hijos.

Hacia tu marido irá tu apetencia

y él te dominará”.

(Gén.3,14-16)

 

Enemistad pondré entre ti y la mujer.

La palabra mujer tiene un significado en el orden natural cuando se refiere a la mujer pecadora, y un significado simbólico porque en el orden espiritual se refiere a la Iglesia.

Para distinguir mejor lo que este tema nos quiere hacer ver en el orden espiritual, llamamos Mujer (con mayúscula) a la Iglesia.

La Mujer, es la Vida en Dios, cuando el Cristo vivo se gesta en cada uno, que nos da Vida, fuerza, fortaleza y nos lleva a la Victoria sobre las tinieblas en las que el enemigo nos hizo caer. Y así cada uno es iglesia.

 Dios empieza a poner orden separando lo bueno de lo malo, lo bendito que viene de Él, de lo maldito que viene del demonio. Ésa es la enemistad que declara Dios entre la serpiente y la Mujer. Pero no sólo entre ambos, entre la Mujer y el demonio, sino además entre sus descendencias.

Y entre tu linaje y su linaje

El linaje  de Cristo que nos ha rescatado, que son todos los que lo siguen, el pueblo de Dios, aquí simbolizado en la Mujer, la Iglesia, y el linaje de la serpiente  que lo forman el demonio y sus seguidores.

Pone nuestro Dios una separación radical de forma que los que sigan a Cristo, para permanecer en Él, no han de participar en las obras de maldad que el demonio pretende. Y los que participan en las obras de maldad a las que el demonio induce, estarán en contra de Cristo. “El que no está conmigo está en contra de mí”, son las palabras de Jesucristo (Mt.12,30).

El propósito de Dios es que a través de Cristo, sea toda la humanidad una en Él.

Todos habíamos pactado una alianza de pecado, y Dios hace una alianza superior con el hombre ofreciéndose a sí mismo. Y Cristo vence al pecado y a la Muerte y nos rescata a nosotros.

El demonio ofrecía mentiras, Dios se ofrece a sí mismo para rescatarnos.

Habíamos perdido la Vida y Cristo se hace Vida en cada uno, habitando en nosotros por su Espíritu Santo, porque nos ha hecho templos suyos, a los que creen en su nombre (Jn.1,12).

Así cada uno puede ser templo, iglesia, si vive en Cristo, nuestro Salvador, que nos levanta hacia Él. Y la serpiente sólo podrá acecharnos a la altura del calcañar.

Porque antes de que nos sobrevinieran todos los males como consecuencia de nuestro pecado, Dios Padre creador se adelanta y decreta la promesa: la resurrección por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, nuestro Señor, la Luz del mundo.

Y es así como nace un pueblo nuevo, desde cada uno que resucita de las tinieblas a la Luz, a la Vida nueva. Ése es el pueblo de Dios, el pueblo elegido, la Iglesia. Así estaba también  profetizado:

“Antes de tener dolores dio a Luz,

antes de llegarle el parto dio a Luz Varón.

¿Quién oyó tal?

¿Quién vio cosa semejante?

¿Es dado a Luz un país en un solo día?

¿O nace un pueblo de una sola vez?

Pues bien: Tuvo dolores

y dio a Luz Sión a sus hijos”.

(Is.66,7-8)

 

Esto lo veremos ampliado en el tema V cuando, después de nuestro pecado, el Espíritu de Dios se adelanta para protegernos, antes de que nos sobrevinieran todos los males. Y las últimas palabras de este salmo: “Tuvo dolores y dio a Luz Sión a sus hijos”, nos dicen que Jesucristo sufrió los dolores para resucitarnos,  y que nosotros para llegar al “monte Sión”, también sufrimos dolores en esta lucha por permanecer en Cristo y así ser salvados por Él.

La situación de esta humanidad cambió desde el mismo instante de la promesa:

Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”.

Y la promesa es la Palabra que llegó a nosotros, porque la Palabra se hizo carne en  Jesús, la Luz del mundo: 

 

La Palabra es la Luz verdadera,

que con su venida a este mundo

ilumina a todo hombre.

Estaba en el mundo.

El mundo fue hecho por ella

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,

y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la reciben

les dio el poder de ser hijos de Dios…

Y la Palabra

se hizo carne, y habitó entre nosotros,

y nosotros hemos visto su gloria,

gloria que recibe del Padre como Hijo Único

lleno de gracia y Verdad.

(Jn.1,9…14)

 

Ya no se quedaría la humanidad anclada en el pecado, sino que nace un pueblo redimido (la Mujer) la Iglesia, el pueblo de Dios, para todos los que se acojan a la promesa. En este versículo se muestra la misericordia infinita de Dios anunciando la redención por medio de Cristo, desde el primer momento. Cristo, es el vencedor. Y todo el que viva en Él vence en esta lucha, llega victorioso a la meta final (Ap.6,2).

No hemos quedado abandonados en las tinieblas sino que Dios promete desde aquel primer  a Cristo, la Luz del mundo, porque viéndolo a Él, vivimos en Él el Camino que nos lleva de regreso a la unión eterna con el Padre, más allá del jardín de Edén.

Dios sigue respetando la libertad y muchos no se acogerán a la promesa de la redención. Pero sí seremos salvados todos los que vivamos en Él, pues siempre nos responde.

Por esto, cuando en los versículos siguientes Dios comunica al hombre y a la mujer la maldición que les ha sobrevenido por su desobediencia, nos está advirtiendo de la lucha que hemos de afrontar para seguir a Cristo y no dejarnos vencer por las tinieblas que voluntariamente habíamos escogido porque queríamos conocer también el mal.

 

 

A la mujer le dijo:

“Tantas haré tus fatigas

cuantos sean tus embarazos:

con dolor parirás tus hijos.

Hacia tu marido irá tu apetencia

y él te dominará”.

(Gén.3,16)

 

Todo cuanto Dios creó en nosotros y nuestro entorno, nos sirve para que nos percatemos de nuestra realidad: para que veamos quiénes somos realmente, y qué somos hoy. Nos sirve cada cosa y los seres creados, como símbolo, para que desde nuestro estado y a través de nuestro ámbito natural, entendamos nuestra realidad espiritual, la verdad de nuestra auténtica realidad, porque somos seres espirituales que por la gracia de Dios estamos, como viajeros en tránsito, hacia la gloria que Dios nos tiene preparada. Y nos lleva en los brazos de Cristo (Gén.2,13), como se dice en el segundo país al que lleva el segundo río que sale del jardín de Edén.

La palabra mujer, como ya hemos visto, nos hace ver esta doble realidad: la mujer pecadora con las consecuencias del pecado, y la Mujer  fruto de la misericordia de Dios, que es la Iglesia. La Iglesia, como pueblo de Dios, como humanidad levantada hacia Dios, y la iglesia, referida a cada uno de nosotros cuando somos en Cristo.

En esta lucha en la que hoy estamos, se dan las dos realidades, tanto la mujer pecadora, (la humanidad pecadora) como  la Mujer, la Iglesia. Aquí nos vamos a ceñir a la realidad espiritual, a la Mujer, a la Iglesia. Así habla Dios a la Mujer y la mujer.

Tantas haré tus fatigas, cuantos sean tus embarazos.

Para salir de las tinieblas a la Luz, para “concebir” a Cristo en nosotros, hemos de afrontar luchas interiores y con el exterior (Ap.12) porque el enemigo trata de dañarnos para abortar la gestación de Cristo en nosotros, e impedir que sea la Luz en todos:

Con dolor parirás tus hijos.

En el orden natural, corresponde a la mujer ser cauce para traer a este estado, y dar a luz con dolor porque dolor produjo en los que invitó a pecar y cayeron en las tinieblas. Y en el orden espiritual, considerando que somos iglesia, cuando superamos los ataques del maligno triunfa Cristo en nosotros, y los demás ven la Luz, igual que cuando una mujer da a luz un hijo los demás ven al hijo y se recrean en él. Así la Luz de Cristo que emana de nosotros, es vista por otros. Eso es lo que nos ha dicho: que seamos testigos de Él (Hc.1,8). Ésta es la imagen de la Iglesia de Cristo en general: sufre para llevar la Luz a los demás.

Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará.

No dice hacia el hombre irá tu apetencia (porque hombre es la humanidad) sino hacia tu marido. El marido representa a la otra parte que con la mujer pactó aceptar el pecado.

Como es obvio que todos conocemos nuestra realidad natural, hablamos de lo que el Señor quiere hacernos ver para levantarnos y seamos cada uno iglesia, e Iglesia todos unidos como hermanos.

La mujer inició con la desobediencia la separación de la Vida en Dios. Y Dios usa al varón como instrumento, para que sea levantado el pueblo de Dios hacia Él. Y así es Cristo el que se encarna tomando naturaleza humana de Varón para rescatarnos de la maldición en la que habíamos caído. Él, Jesucristo, Varón de dolores (Is.53,3), el Cordero degollado, el único digno de abrir los sellos (Ap.5,15) el que tiene en su mano el Libro de la Vida (Ap.5,1).

Él llama a cada una de nuestras almas como a su esposa (Cant.4,8), y al final se nos anuncia “las bodas del Cordero” y que su esposa se ha engalanado con lino deslumbrante. Esposa es la Mujer, toda alma purificada, y es todo el pueblo rescatado de las tinieblas (Ap.19,7).

Así se nos hace ver, que mientras la mujer cuando pecó pactó con el varón un pacto de pecado que nos encaminaba a la Muerte, Dios hace con nosotros un pacto de salvación por el que todos podemos ser rescatados.

Y lo hace enviando a su Hijo, Jesús, nuestro Salvador. Él es el Varón de este pacto. Para ello hemos de ser guiados por Cristo que se nos muestra como el Varón, “como un Hijo de hombre” (Ap.1,13).

Y la Mujer es cada uno de nosotros cuando somos iglesia, templo en el que Cristo habita; para ello Dios ha puesto en nuestro ser la apetencia, el anhelo hacia Jesucristo, hacia el Varón, el Salvador. Y es Cristo el que dominará la Iglesia, pues el triunfo es de Cristo (2Cor.2,14) que sacará a la humanidad del pecado para hacerla perfecta (Cant.6,9), para hacerla Iglesia, su pueblo santo, la Mujer, en la que Él es el Rey de reyes y Señor de señores (Ap.19,16). Él toma el control de la Iglesia y por siempre vencerá.(1Tim.6,15-16). Por esto dice:

 Él te dominará.

La mujer y el varón en su condición humana son los dos una sola carne, una humanidad pecadora (Gén.2,25). No son un solo espíritu. En cambio la Mujer, la Iglesia, es una en Cristo, el Varón, en un solo espíritu pues todos unidos en Él, la Iglesia es una (Jn.10,16).

 

    

                         

 
   
   
   
   
   
   
 
 

 

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