El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico

Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Y dijo Yahveh Dios:

“¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros

en cuanto a conocer el bien y el mal!

Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la Vida

y comiendo de él viva para siempre”.

Y le echó Yahveh Dios del Jardín de Edén, para que labrase el suelo

de donde había sido tomado.

Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la Vida.

(Gén.3,22-24)

 

Y dijo Yahveh Dios: “¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal!” 

Aún en “la estatura espiritual” que habíamos alcanzado con nuestro crecimiento en el jardín de Edén, no teníamos la madurez suficiente que tienen los seres en la plenitud de la gloria en Dios. (Consideremos, por hacer una comparación, que éramos espiritualmente como adolescentes). Podíamos haber alcanzado la plenitud, igual que decidieron  los seres que no pecaron, los que eligieron, simbólicamente, el camino correcto  del primer río que lleva al país de Javilá (Gén.2,11-12). Pero nosotros habíamos elegido desobedecer, elegimos el camino equivocado, lo que nos trajo todos los males que padecemos.

Sin embargo, Dios no se desentendió de nosotros, sino que preparó el Camino de regreso por medio de nuestro salvador Jesucristo (Gén2,13). Y aquí hemos de empezar de nuevo, nacer a la Vida de gracia siendo como niños, porque el que no es como un niño no entrará en el reino de los cielos (Mc.10,15).

Dios nos protegió desde el primer instante, para que el mal no nos dominara. Dios conoce el bien y el mal, y la plenitud que Él Es, rechaza todo el mal. El mal es Muerte y Dios es la Vida. Nosotros en el jardín de Edén conocíamos el bien, y conocíamos la prohibición de lo que sería malo para nosotros. El comer de lo prohibido nos hizo conocer el mal. Fue la intención del demonio: “Seréis como dioses conocedores del bien y del mal”. 

Pero no fuimos meros conocedores del mal, sino que nosotros comimos de él, lo experimentamos, nos manchamos, y perdimos la Vida. Y en este estado de confusión y de tinieblas, Dios Padre por su gran Amor y compasión por nosotros, nos impide comer del árbol de la Vida que está en medio del jardín:

Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la Vida y comiendo de él viva para siempre”.

No quiere Dios que permanezcamos en tinieblas para siempre, lo que habría sucedido si hubiésemos comido entonces del árbol de la Vida, del árbol de la eternidad, el otro árbol que está en el centro del jardín de Edén. En cambio nos concede esta situación transitoria, este estado de humanidad, para que recuperemos por su gracia la verdadera Vida para toda la eternidad.

Dios sabe que el mal está siempre acechándonos. Él, que lo sabe y es Padre Bueno, nos ama y nos cuida como a niños pequeños, y nos protege para que no estemos para siempre en el mal, pues comiendo del árbol de la Vida desde nuestro estado de tinieblas, permaneceríamos eternamente en la condenación del pecado. 

Y pone Dios una barrera de protección entre ambos, una separación tajante, infranqueable por el hombre terrenal (Lc.16,26) y que sólo traspasará el hombre espiritual que vive siendo “imagen y semejanza de Dios”, el hombre resucitado en Cristo. 

“No duerme ni descansa el guardián de Israel” (Sal.121,4-5). Son palabras que intentan hacernos ver que Dios está vigilante, que nos cuida. Y nosotros hemos de estar también vigilantes sabiendo que Él nos ha dado por su gracia, el poder elegir el camino del segundo río que sale del jardín de Edén, el Guijón, que simbolizando los brazos de Cristo nos llevará, a todos los que lo elijamos, al Padre, a la plenitud en Dios. 

El Padre, que es siempre misericordioso y espera que lleguemos a Él siendo limpios; no se acaba su misericordia aunque lo estemos rechazando con nuestros pecados. Y es también Padre justo, rechaza la maldad, y no admite en su gloria nada impuro. De otra forma la gloria no sería gloria.

Es bueno tener bien claro esta Verdad, Dios rechaza la maldad. Hoy que muchos piensan que por ser Dios misericordioso va a admitir en la gloria eterna a los que no hayan elegido purificarse, y lleguen manchados, hemos de advertirles que han de salir de su error y volverse a Cristo. La Palabra de Jesús en los Evangelios y todo el espíritu de la Palabra en la Biblia lo deja bien claro.  Todos podemos ser salvados si nos arrepentimos de nuestros pecados, porque Dios siempre perdona a todo el que se arrepienta. 

Es por lo que impide que comamos del árbol de la Vida, hasta que seamos purificados en este estado que Él nos ha concedido. Entonces sí podremos comer del árbol de la Vida todos los salvados, porque ya seremos  limpios y será Cristo quién nos lleve en sus brazos para presentarnos al Padre (Ap.21,9).

Hoy para que veamos claro el porqué estamos aquí, y lleguemos limpios a Él, nos lo dejó escrito en esta revelación:

Y le echó Yahveh Dios del Jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. 

Ahora en este estado de humanidad en el que nos encontramos, en este suelo de donde había sido tomado el hombre caído en las tinieblas del pecado hemos de “trabajar” pues el enemigo está siempre luchando para que estemos en la confusión del pecado.

 Hemos de estar alerta para quedar libres de cuanto habíamos elegido para nosotros en nuestra desobediencia: labrar el suelo. Suelo, el estado de tinieblas en el que habíamos caído cuando perdimos la Vida en la gloria de Dios. En este suelo podemos trabajar para ir apartando en nuestro caminar todo lo que no sirve, lo que pueda hacernos tropezar o nos pueda herir, todo lo que nos impida estar en Dios. Y al mismo tiempo cuidando como se nos había dicho en el jardín de Edén, de conservar cuanto Dios nos da, sabiendo que no estamos solos pues por la misericordia de Dios, tenemos a nuestro Redentor que pagó el precio de nuestra desobediencia para traernos la Luz, y seamos por Él salvados si lo acogemos. 

Y tenemos al Espíritu Santo que nos ilumina, guía, consuela, conforta, sana, restaura, libera, liberta, unge, fortalece, vivifica, y nos da cuanto el Padre le dice (Jn.16,13-15) para que podamos nacer de nuevo a la Vida, permanecer en ella y regresar a la eternidad en Dios.

Pero cada uno tiene un momento final para permanecer aquí, que Dios conoce. Todavía hoy estamos expulsados del jardín de Edén:

Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la  llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la Vida.

La Escritura dice lo mismo: que todos pecaron y están

destituidos de la gloria (Rom.3,23). 

Los querubines custodian el regreso de quienes van a entrar, porque cada uno ha de llegar limpio. Nadie podrá entrar caprichosamente, sino porque haya sido lavado en la sangre del Cordero (Ap.7,14). Dios se recrea en el hombre de manos limpias y puro corazón (Sal.24,4) en el humilde y en el sencillo que se conmueve ante su Palabra (Is.66,2). Y la llama de espada vibrante es la Palabra que como llama de fuego, ejecuta cuanto se nos había  advertido, siempre está en movimiento, operando de uno en uno. 

Está aquí señalando el momento final, el de la muerte, porque todos hemos de morir a este estado y pasar por el momento determinante en el que unos se condenarán al llegar ante la Presencia de Dios, al ver la Luz que les hace ver toda su suciedad, su fealdad (Ap.6,16). Y otros, los llamados, fieles y elegidos, regresarán para resucitar a la Vida de la eternidad, comer del árbol de la Vida, y ser siempre en la unidad con el Padre.

 Aunque todos habíamos pecado, hay salvación para todo aquél que se arrepienta y llegue limpio.

 

 

“Todos pecaron, a una se corrompieron;

no hay quien ame lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan.

Veneno de áspides hay debajo de sus labios.

Su boca está llena de maldición y de amargura.

Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos, y no conocieron el camino de la paz, no hay temor de Dios delante de sus ojos”.

(Rom.3,12-18)

Nos vuelven a confirmar estos versículos lo que se ha venido revelando a través del relato de la creación del hombre, de que toda la humanidad unida en el pecado se alejó de la Vida en Dios.

Todos pecaron: “A una se corrompieron”. Y cada uno pecó: “No hay quien ame lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

Está refiriéndose a las tinieblas en las que estábamos en el primer momento cuando todos habíamos pecado. Después en la Biblia vemos que desde entonces  unos empiezan a ver reflejos de Luz, empiezan a ver que Dios creador, dueño absoluto, que protege y ayuda, está sobre todos. Y se nos dice que Abel busca el bien. Ya la Luz de la promesa había tocado el corazón del hombre. Y muchos desde los primeros tiempos a través de la historia bíblica buscaban a Dios.

 Pero otros muchos representados en Caín no buscan la voluntad de Dios, permanecen en las tinieblas, y son los que “no están inscritos en el libro de la Vida” (Ap.20,15), todos aquéllos que no han visto la Luz de la salvación (Ap.13,8), que todo les es dado gratis, los que no han visto que Cristo vino a salvarlos también a ellos; que Cristo vino a salvar a toda la humanidad, a todo el que busque la Verdad, a todo el que busque a Dios y viva en amistad con Él (Ap.21,27). Amistad que es seguir sus mandamientos (Jn.15,14).

Y todos éstos, que “no están inscritos en el libro de la Vida desde la creación del mundo” (Ap.17,8), son los que nunca se han vuelto a Dios, nunca han respondido a las muchas llamadas que Él les ha hecho; por eso la Palabra dice: “Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impíos, los hechiceros, los idólatras, y todos los embusteros tendrán su parte en el lago de fuego y azufre que es la Muerte segunda” (Ap.21,8). La primera muerte es la que nos sobrevino cuando desobedecimos el mandato de Dios en el jardín de Edén. Pero de esta muerte sí podemos resucitar si nos acogemos a la redención que nos trajo nuestro Señor Jesucristo (2Ti.1,10).

Y concluye la Biblia diciendo, para todos los que no han aceptado la salvación: “Fuera los perros, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo aquél que ama y practica la mentira”(Ap.22,15).

Y es que de toda la humanidad caída en las tinieblas desde que comió del “árbol prohibido”, van siendo salvados los que libremente elijan seguir el Camino que Dios nos ha alumbrado (Ap.3,5). Todo el que se vuelva a Dios estará inscrito en el libro de la Vida. Jesús nos dice que estemos alegres porque nuestros nombres estén inscritos en el libro de la Vida (Lc.10,20).

Qué lástima, podemos exclamar hoy que sabemos que todos éstos que habíamos abandonando la Vida que Dios en su Amor de Padre nos había dado, somos nosotros mismos, y conociendo esta verdad, podamos libremente buscar a Dios y amarlo sin límites por su gran Amor y providencia, cuando nos creó colocándonos con infinita ternura en el  jardín de Edén. Y por cuanto nos ha dado, darle las gracias porque  aún cuando habíamos pecado, Él se hizo presente a la hora de la brisa (Gén.3,8) antes de que oscureciera sobre nosotros, antes que se hiciera la noche y nos perdiéramos para siempre cayendo en la oscuridad total. Y allí nos habló por su gran misericordia, y nos hizo caer en la cuenta de que estábamos desnudos, desposeídos de todos los bienes. 

Éramos sólo seres espirituales que voluntariamente nos acercamos a comer de lo prohibido. Cada uno pecó, como hemos visto, y según esta recopilación del apóstol Pablo en la carta a los romanos. No se transmitió el pecado involuntariamente “por contagio”,  ni por herencia, aunque por tradición así lo hayamos creído, sino que cada uno miró, vio que era apetecible para comer y comió de ello. Y envueltos en el placer del pecado unos invitan a los demás,  que aceptan libremente olvidando el mandamiento que Dios Padre en su Amor nos había dado. Y todos pecaron.

Porque todos habíamos pecado, vuelve a decir Pablo: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por gracia, mediante la redención que es en Jesucristo” (Rom.3,23-24).

Y las Escrituras siguen hablando de ello, por ejemplo, en Ezequiel: “El alma que  pecare esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Ez.18,20).

Y aunque se haya entendido hasta ahora que  habíamos heredado el pecado de un primer hombre, de un solo hombre, y por este motivo muchos no lo hayan creído por no entenderlo, hoy esta revelación, “La Verdad de la Creación en el Génesis”, nos lo aclara y nos hace ver la verdad de nuestro origen.

Es lo que dice el apóstol Pablo: “Él creó de un solo principio todo el linaje humano” (Hc.17,26). No dice que creó a un solo hombre.

  Tengamos en cuenta que quien pecó fue nuestro espíritu. Y que nuestro espíritu fue rescatado de las tinieblas por el soplo de Dios que nos infundió el alma, pura y limpia porque viene de Dios. 

Y en nuestra condición pecadora, tampoco hemos mantenido  limpia nuestra alma, porque seguimos pecando; sin embargo, Cristo que nos llama al arrepentimiento, nos sigue perdonando cuando nos volvemos a Él, y nuestra alma vuelve a estar limpia por su perdón.

En nuestro principio como seres espirituales, y ahora como seres terrenales, cada pecado es por la propia decisión de cada uno.

Además, si como hemos creído hasta ahora, hubiese sido Adán un único ser, un hombre solo, habría dado únicamente a su descendencia el cuerpo, como vemos que sucede aquí generación tras generación, pero no transmitiría nunca el alma. El alma es un soplo de Dios y se nos da en estado puro porque viene de Dios (Gén.2,7). 

Por eso sería imposible que un hombre solo transmitiera el pecado a toda la humanidad. “El alma que pecare esa morirá” (Ez.18,4). Aunque sí es cierto que unos podemos influenciar en otros y que así otros pequen, pero sería siempre por la decisión de cada uno, como se dice en este mismo relato de nuestra caída en el pecado, cuando la mujer invita al marido. 

Había un refrán que el pueblo repetía:”Los padres comieron uvas agrias y los hijos sufren dentera”. Y el Señor los corrige diciéndoles que no repitieran más ese refrán, porque cada cual morirá por su propia maldad (Jer.31,29) (Ez.18,2-3). Dios es perfectamente justo e infinitamente misericordioso.

De todos los seres creados igual que nosotros en el jardín de Edén, sólo pecamos nosotros. Sólo la humanidad pecó. Los otros no pecaron. (Hemos visto en el primer tema, “El Jardín de Edén”, que los que eligieron seguir obedientes a los planes de Dios, siguieron el camino del primer río que los llevaba más cerca de Dios,  al “país de Javilá”).

Y a todos los que habíamos pecado se nos dio por gracia, el poder ser humanidad. Y tenemos este estado en camino de retorno al Padre, para todo el que se deje llenar de la Luz y camine en unidad con Cristo.

Después de  esto podemos entender mejor el sentido de este otro versículo de la carta a los romanos: “Por tanto, como  por un solo hombre entró el pecado en el mundo  y por el pecado la muerte, así la muerte alcanzó a todos los hombres por cuanto todos pecaron” (Rom.5,12). Dice por un solo hombre, o sea sólo por la humanidad.

 No dice por una sola mujer, que fue literalmente (conforme dice este mismo relato) la primera que comió del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. Así podemos entender mejor que no está hablando de una sola persona.  

Lo que sí está diferenciando es que entre todos los seres creados por Dios en el jardín de Edén, sólo la humanidad pecó: el colectivo humano, como hemos visto hasta aquí y se continúa en el resto de este relato sobre nuestro principio.

Por esto continúa diciendo el apóstol Pablo: “Y así la muerte alcanzó a todos los hombres por cuanto todos pecaron”. Dios no condena a unos por el pecado de otros. Cada uno peca haciendo uso de su libertad.

De esta forma se nos quiere hacer ver cómo se inició una humanidad pecadora a la que Jesucristo justifica (Rom.5,18). 

Y así estamos en una lucha para no dejarnos ganar por el pecado sino resucitar con Cristo: “Porque sabemos que toda la creación gime a una con dolores de parto hasta ahora” (Rom.8,22). Y todo nos sucede porque el hombre, la humanidad, hizo “el suelo maldito por su causa” (Gén. 3,17). 

(Quiero hacer constar que cuanto este libro está aclarando no es producto de un estudio, sino que nos ha sido dado por revelación. La humanidad va abocada a la confusión, y Dios nuestro Señor derrama su Luz para que nos volvamos a la Verdad).

Es de vital importancia entender esto, pues los hombres, generación tras generación, se preguntan el porqué suceden los males en esta humanidad. El mundo necesita entender lo que Dios nos está haciendo ver hoy. Así muchos comprenderán que todo nos ha sobrevenido por decisión nuestra, de cada uno. Y Dios sumamente paciente con nosotros, Dios que es Amor, nos está ayudando constantemente a que salgamos de las tinieblas y busquemos su Luz. Pero sigue respetando el libre albedrío de cada uno. 

El hombre en su confusión hace lo malo, y Dios que se lo permite, también permite a los elementos que manifiesten las consecuencias de esa maldad, con el fin de que el hombre distinga el bien y el mal. 

Él dio el dominio al hombre sobre todo lo creado para el hombre. Y ese dominio o autoridad, el hombre puede emplearlo para bien y ser a imagen y semejanza de Dios, o emplearlo para obrar con maldad. Y eso influye en la creación sometida al dominio del hombre. 

Pero cuando se da cuenta de su situación y clama a Dios, Él le responde (Jer.33,3). Y entonces  puede entender que lo bueno viene de Dios y así volver al camino de salvación. Es el ejemplo de los discípulos con Jesús en la barca cuando se desencadenó una fuerte tempestad y temieron perecer. Entonces clamaron a Jesús, Él mandó sobre el mar y el viento y sobrevino una gran calma (Mat.8,24). Así, como en una barca, está en general la humanidad.

Cuando el hombre no clama a Dios, queda como un barco que pierde el norte porque se queda sin rumbo y navega a la deriva expuesto a todas las adversidades (Rom.1). Sin embargo Dios siempre lo está cuidando. Por esto, desde el principio le iba diciendo: “Esto sí harás, esto no harás”, que era la Ley. No podía el hombre entender más.

Y cuando llegó el momento de esta humanidad empezar a madurar, se cumplió la promesa, que existía desde el primer instante en que el hombre pecó. Y Cristo se hizo presente siendo como uno de nosotros, menos en el pecado, trayéndonos la Luz (Heb.4,5), para unirnos todos en Él por su gracia, en el Amor.

 

 

“Y vosotros seréis reunidos de uno en uno, hijos de Israel.

Aquel día se tocará un cuerno grande, y vendrán los perdidos de la tierra de Asur y los dispersos por tierra de Egipto,

 y adorarán a Yahveh en el monte santo de Jerusalén”. (Is.27,12-13)

 

 Dios siempre cuida de nosotros desde que nos creó en Edén, y en el mismo instante en que lo abandonamos, “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén.1,2). Y después Dios pactó con su pueblo la antigua alianza, que el pueblo no respetó. Entonces, pactó una nueva alianza, el Nuevo Testamento, para la realización de la promesa por la que unidos a Cristo, por el Espíritu Santo, seamos dirigidos directamente por Dios.  

Los siguientes versículos de la carta a los hebreos nos aclaran que hay una diferencia entre aquella antigua alianza fundamentada en los mandamientos, en la Ley (cuando a pesar de que ya existía la promesa de la redención, el hombre no veía) y la nueva alianza, manifestada en Jesucristo. Así se confirma lo que desde el principio estaba ya anunciado: 

 

“He aquí que vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel

y la casa de Judá

una nueva alianza;

no como la alianza que hice con sus padres el día que los tomé de la mano

para sacarlos de la tierra de Egipto,

porque ellos no permanecieron en mi alianza,

y yo me  desentendí de ellos, dice el Señor”.

(Hb.8,8-9)

 

Los hombres que recibieron la antigua alianza no hab-

ían visto la Luz de Cristo, que nos ilumina la mente, el corazón, para que lo conozcamos y cada uno se deje guiar por Él, para lo que nos ha dejado su Espíritu Santo.

Así que después de la antigua alianza o el antiguo pacto, llegó el momento en que la promesa se manifestó, enviando Dios a su Hijo para que redimiese a esta humanidad que antes sólo sabía que habría de caminar bajo la dirección de la Ley (Gál. 4,4-5). 

Y sigue la carta a los hebreos explicando la nueva

alianza por la que Cristo nos trae la libertad, para no ser esclavos del pecado ni de la ley, (Gál.3,10) sino que con el poder y la fuerza del Espíritu Santo vivamos en la plenitud que Él nos da:

 

“Por lo cual, esta es la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor:

pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré y seré para ellos Dios,

y ellos serán para mí mi pueblo.

Ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo:

“Conoce al Señor”, porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos,

porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré

de sus pecados y de sus iniquidades”.

(Heb.8,10-12)

“Al decir: nueva alianza, ha dado por vieja a la primera, y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer” (Heb.8,13).

Jesús que vino a redimirnos hizo que la Ley se cumpliera. Nadie pudo ni podría nunca por sí mismo cumplir la Ley, por la condición pecadora de todos nosotros. Él si pudo cumplirla pues no tuvo pecado: fue obediente al Padre en todo, y en Él fuimos justificados.

Y al cumplir la Ley nos liberó del peso de la Ley, de tal forma, que los seguidores de Cristo están por encima de la Ley. Y es que el Cristo vivo en nosotros ya la ha cumplido por nosotros. Él estableció la Ley del Amor que es superior a la Ley de la disciplina comprendida en los mandamientos, dada por la dureza del corazón del hombre (Mc.10,5).

El Amor de Cristo en nosotros hace que no estemos limitados a la Ley sino que el Amor lleva implícitos en sí todos los mandamientos. Quien ama  con el Amor de Dios no falta a ningún mandamiento, sin que por ello su vida esté pendiente de cumplirlos, porque el Amor que desborda supera lo que la Ley exige.

Y quien así vive no falta a la Ley. El hombre redimido está pendiente del Amor, se goza en Cristo, es libre y ama a los demás. Por esto la Verdad nos hará libres siempre (Jn.8,32). Esto supone una vida muy diferente, por la plenitud del Amor que es alegría y gozo en Cristo.

Dios no anula la Ley sino que ya está cumplida en Cristo. Quien viva en Cristo se acoge a esta gracia y Cristo en él lo lleva a la libertad (Jn.8,36). En cambio quien trasgrede la Ley no está en Cristo y quien falte a uno solo de los mandamientos falta a toda la Ley (Stg.2,10).

 Cristo vino a rescatarnos  a todos los que nos habíamos aunado por una causa destructora, como uno solo, como un colectivo inmerso en el pecado que nos llevó a la división y a la muerte. 

Y hoy, como consecuencia, padecemos los males que vemos se dan semejantes por familias. Pablo habla de las familias no sólo en la Tierra sino también en el cielo (Ef.3,15). Y a los que vivimos en Cristo, conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios (Ef.2,19).

Considerando que cada uno carga con su propia culpa, que no hereda el hijo la culpa de sus padres (Dt,24,16), es como puede tener sentido la oración por los llamados males intergeneracionales, que no nos suceden por herencia como muchos habían creído, sino que son consecuencia de la misma complicidad entre los más próximos (en el primer pecado que nos alejó del “jardín de Edén”). Ello nos ha acarreado también males de caracteres similares. No envía Dios los males, pero sí, respetando nuestra libertad, los permite porque así podemos distinguir y aprender que el pecado nos quita los bienes de Dios, la Vida en plenitud.

Y Cristo vino a rescatarnos, porque quiere reunirnos en uno solo (Jn.11,51-52) para que seamos uno en Él. Esta vez unidos en el Amor en la resurrección con Cristo:

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti,

que también ellos sean uno en nosotros

para que el mundo crea que tú me enviaste.

La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno,

así como nosotros somos uno.

Yo en ellos, y tú en mí,

para que sean perfectamente uno,

para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos

como también a mí me has amado”.

(Jn.17,21-23)

Y como fruto de la muerte y resurrección de Cristo, el Espíritu Santo comienza a restaurar la unidad deshecha por esta humanidad dividida por el pecado; el pueblo de los que “a una se corrompieron” (Rom.3-12) empieza a unirse en Cristo. Y la presencia del Espíritu Santo se hace presente en la primera Iglesia cristiana, de tal forma que el poder del Espíritu Santo se manifiesta y todos tenían un solo corazón, y una sola alma (Hc.4,32).

Ése fue el principio de la Iglesia de Cristo, que ha de seguir luchando en medio de las tinieblas, tomada de su mano (Ap.1,26) para que se cumpla este momento glorioso que anuncia la carta a los hebreos en el que ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor”, porque todos lo conocerán. Ése es el objetivo, la meta. 

Hoy la Iglesia aún habrá de cumplir la misión de llevar a los hombres a conocer al Señor, a buscarlo cada uno desde la intimidad de su aposento, a entender que hemos de “obedecer a Dios y no a los hombres” (Hc.5,29). Hemos de obedecer a Cristo, seguir a Cristo, a su Evangelio, como ha sido revelado ya a las siete iglesias en el Apocalipsis, y explicado en “La Verdad del Apocalipsis”, que nos advierte para que no cometamos nosotros los errores que se dan en aquellas siete iglesias. Y habla a los desengañados, a los atribulados, a los desorientados, a los idólatras, a los desanimados, a los acomodados y a los autosuficientes. El pueblo ha de aprender a entregar el control a Cristo, que hace que sus iglesias sean perfectas, para que su Iglesia pueda ser perfecta. Dios es el que toma el control de todo. 

Dios es maravilloso y nos espera para colmarnos de su gracia. Conoce y comprende nuestras luchas, y nuestro anhelo por vivir en Él. Y su Amor infinito, misericordia y providencia, nos prepara una Vida de mayor gloria que la que perdimos cuando abandonamos “el jardín de Edén” en donde estábamos en un estado de crecimiento hacia la plenitud en Dios. Así que el profeta nos anunciaba que  “la gloria postrera será mayor que la primera” (Hag.2,9).  

Y por su infinito Amor y misericordia por nosotros, comenzó Dios una creación nueva preparada para el hombre, que sumido en caos y confusión y oscuridad, (Gén.1,1) no ha sido abandonado por Dios sino que desde el principio, su Espíritu ha estado siempre sobre él. Son las palabras con las que comienza la creación.

 

 

                          

 

    
 
   
   
   
   
   
   
     

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