El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios



      
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dijo Dios: “Haya Luz”,

y la Luz se hizo.

Vio Dios que la Luz estaba bien,

y apartó Dios la Luz de la oscuridad,

y llamó Dios a la Luz “día”,

y a la oscuridad la llamó “noche”.

Y atardeció y amaneció: día  primero.

(Gén.1,3-5)

 Para que se haga su Luz en nosotros, Dios usa su Palabra. La creación toda se hizo por la Palabra. Es así como comienza la descripción de la creación:

 Dijo Dios.

         Lo primero que se hace oír es su voz, su Palabra. Y así lo confirma también esta proclamación del apóstol Juan:

 

En el principio existía la Palabra,

y la Palabra estaba con Dios

y la Palabra era Dios.

Ella estaba en el principio con Dios.

Todo fue hecho por ella

y sin ella nada se hizo.

En ella estaba la Vida

y la Vida era la Luz de los hombres,

y la Luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la vencieron (Jn.1-5).

Así en este día primero la Palabra se hace oír:

Haya Luz. 

La Palabra es viva y eficaz (Hb.4,12), y todo el universo ha sido creado por la Palabra de Dios (Hb.11,3). Todo se cumple:

Y la Luz de hizo.

Al decir que la Luz se hizo quiere decir que  la Luz, que es Cristo, se hizo sobre nosotros para alumbrarnos en el Camino.  Esa Luz que nos llega de Cristo ilumina la conciencia que está siempre latente en cada uno y que, aunque parezca en muchos estar adormecida, antes o después se manifiesta y el hombre busca la Verdad, busca a Dios, a pesar de que para muchos pueda ser demasiado tarde cuando intenten despertarla (Ap.9,6).

Desde aquel instante cada hombre tiene en sí el conocimiento de que puede ser salvado, que no está irremisiblemente perdido aunque no se le haya predicado de Cristo.

La Luz está al alcance de todos, Jesús lo afirmó con sus propias Palabras: “Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá Vida eterna” (Jn. 8,12).

 Su Luz se hizo sobre nosotros desde el mismo instante en que el Padre compadecido de nosotros (que estábamos envueltos en la confusión, caos y oscuridad) concibiera rescatarnos.

La Luz se hizo para toda la humanidad, porque todos desde aquel  momento fuimos iluminados por la Luz, por Cristo, aunque fuera mucho más tarde su manifestación en medio de esta humanidad cuando llegó el cumplimiento del tiempo (2 Tes.4,4) para consumar la redención. Estas son las palabras con las que también pide al Padre antes de su pasión: “Dame la gloria que tenía junto a ti antes de la creación del   mundo” (Jn.17,5). Es la realización de la promesa que el Padre hizo en el momento en que habíamos pecado (Gén.3,15). El Hijo se hizo Camino en el momento en que el Padre determinó tomando condición humana:

 

“Cristo, el cual teniendo

la naturaleza gloriosa de Dios,

no consideró como codiciable tesoro

el mantenerse igual a Dios,

sino que se despojó de sí mismo

tomando la naturaleza de siervo,

haciéndose semejante a los hombres;

y, en su condición de hombre,

se humilló a sí mismo

haciéndose obediente hasta la muerte,

y muerte de cruz.

Por ello Dios le exaltó sobremanera

y le otorgó un nombre

que está sobre todo nombre,

para  que al nombre de Jesús

doblen su rodilla

los seres del cielo, de la tierra y del abismo

y toda lengua confiese

que Jesucristo es el Señor

para gloria de Dios Padre” (Flp.2,6-11).

 Y así, el Hijo recorrió este peregrinaje que el Padre nos concedió, para que la Luz que descendió hasta nosotros nos saque de las tinieblas. La  Luz es la Verdad que nos saca de la mentira, del engaño del demonio. Y con la Luz se nos da la Vida, porque el encuentro con Cristo, nos da la Vida nueva, que nos lleva a la eternidad, al Padre (Jn.6,44). Y la Luz, Cristo, como ya había sido anunciado con la promesa de la redención (Gén.3,15), llegó a nosotros:

 

“Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios,

que hará que nos visite una Luz de la altura,

a fin de iluminar a los que habitan

en tinieblas y en sombras de muerte

y guiar nuestros pasos por el Camino de la paz”.

(Lc.1,78-79)

 

 (Se refiere otra vez a las tinieblas a las que nos llevó el pecado). Únicamente hay un Camino, Cristo.

Dios, en su eterno presente, ve que la Luz se hace en la humanidad, y es así como aquellos seres espirituales que éramos, caídos en las tinieblas, recibimos la gracia de la Luz, de la salvación; ya nuestro único destino no sería caer al abismo sino que podemos emerger de las tinieblas a la Luz.

Y Dios vio que estaba bien.

El hombre podía ser receptor de la Luz, el hombre podía recibir la Luz de la salvación. Los que nos habíamos sumergido en el caos, confusión y oscuridad recibimos el soplo de la Luz de Dios. Éste es el nacimiento de la humanidad; así nace nuestra condición humana. Antes de que nos   vinieran los males que nos habíamos acarreado con el pecado, Dios se adelantó a rescatarnos: 

 

"Antes de tener dolores dio a Luz,

antes de llegarle el parto dio a Luz un hijo:

¿Quién oyó tal?

¿Quién oyó cosa semejante?

¿Es dado a Luz un país en un solo día?

¿O nace un pueblo todo de una vez?”

(Is.66,7-8)

 

Así hizo Dios Padre, que el pueblo de los que “a una se corrompieron”, pudiera ver la Luz y recibir la gracia de la salvación. Pero para ser llenos de la Luz hemos de caminar en su busca, lo que conlleva lucha y dolor, como la mujer que grita con los dolores de parto (Ap.12,2). Por esto sigue diciendo esta revelación del profeta Isaías:

 

“Pues bien, tuvo dolores

y dio a Luz Sión a sus hijos”.

“¿Abriré yo el seno sin hacer dar a Luz

- dice Yahveh -

o lo cerraré, yo que hago dar a Luz?

-Dice tu Dios”-

(Is.66,9).

 

Dios abre el seno humano para que Cristo se geste en nosotros.

Desde el primer instante, desde que caímos en oscuridad, Dios concibe la redención, la gracia de poder salvarnos, y hace que Cristo sea en medio de nosotros. La Luz del mundo es Él.

Y la Luz de Cristo, empieza a irradiar desde el día primero:

Y apartó Dios la Luz de la oscuridad; y llamó Dios a la Luz “día”, y a la oscuridad la llamó “noche”.

Separó la Luz de la oscuridad, lo bueno de lo malo. La Luz que nos hace ver, para distinguir la oscuridad que nos hace caer en pecado. Jesús dice: “Si uno anda de día no tropieza, porque ve la Luz de este mundo;  pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la Luz en él (Jn.11,9-10).

Sigue Dios creador estableciendo orden. El orden y separación radical que comenzó a establecer, desde que maldijo a la serpiente y a nosotros otorgó la promesa de la redención, se continúa en toda la creación.

Nos quiere hacer ver con la noche y el día, que todo lo que no es Vida en Dios es confusión, oscuridad, todo lo contrario a ella: de bondad, maldad; de amor, odio; de paz, violencia; de alegría y gozo, tristeza y dolor, etc.

Y para que sepamos distinguir, en este día primero nos da a conocer que si recibimos  la Luz es en nosotros el día. Y si vemos la Luz  no caeremos en la oscuridad de la noche, en el abismo, al que nos pueden llevar las tinieblas en las que el pecado nos sumergió. 

Pero unos ven y otros no. Muchos tienen ojos y no ven, y oídos y no oyen (Mt.13,15). Así que en esta humanidad se dan la Luz y las tinieblas, que no la noche  en la que están los que se encuentran fuera de la tierra de la promesa, los que están al otro lado del río Éufrates porque eligieron no vivir en Dios. Es lo que hemos visto del cuarto río que sale del jardín de Edén (pág. 37).

Pero Dios hace salir el sol para todos. Se da el atardecer, el día y la tarde.

Y atardeció y amaneció: día  primero.

 
   
   
   
   
   
   
           

                                

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