El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Se Hace la Luz

Día Segundo: Separación Entre la Vida en la Gloria y en la Tierra

Día Tercero: Separación Entre la Vida Fructífera y la Estéril

Día Cuarto: Las Señales de los Tiempos

Día Quinto: Simbolismo de los Animales Marinos y de las Aves

Día Sexto: Simbolismo de los Animales Terrestres

 

En el principio creó Dios el cielo y la tierra.

La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

(Gén.1,1-2)

Este principio es el inicio de un estado de gracia, del “año de gracia”, como nos recuerda Jesús (Lc.4,19). Este “año de gracia” es este peregrinaje hacia Él. Después de que todos habíamos pecado, la compasión de Dios por nosotros concibe crear para nosotros este estado en el que nos encontramos, que nos sirviera para recibir de su Luz y sacarnos del estado de tinieblas en el que nos habíamos sumergido. 

Y comienza Dios a crear un lugar en el que habitáramos, una creación especialmente diseñada para todos aquellos seres espirituales que éramos (Hc.17,24-26) y que habíamos caído en el pecado. Ahí, en el principio, es cuando nos concede nuestra condición humana y todas las maravillas que contiene todo lo creado por Dios para nosotros y que ha puesto ante nuestros ojos.

En el orden natural, todos vemos que habitamos en el planeta Tierra. La Tierra es obra de Dios, puesta a nuestro servicio como todo cuanto ha puesto a nuestro alcance. No tiene ningún poder espiritual sobre nuestras vidas puesto que es materia, aunque civilizaciones primitivas le hayan dado un valor de deidad, como se lo han dado al sol o la luna, y aún perdure en algunas etnias o       filosofías. Sabemos que  Dios dio dominio al hombre sobre todo lo creado para él. 

Pero aquí estamos hablando de nuestra vida espiritual, y este “lugar”, la tierra, en sentido espiritual es otro, y es lo que sigue:

Antes de que comenzaran los días de la creación, hace una separación muy importante en el principio, poniendo ya orden a cuanto habría de ir creando: 

Dios creó el cielo y la tierra.

Cielo es el velo, el límite, que separa todo lo que está por encima de nosotros, lo que nos está velado, lo que no podemos ver desde aquí, como veremos en el día segundo de la creación.

Y la tierra simboliza nuestra vida aquí, la vida de cada uno de nosotros, que ha de ser regada por la lluvia de su Palabra para que como la semilla en buena tierra, arraigue, germine y dé fruto: 

 

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve,

y no vuelve allá sino que riega la tierra y la hace germinar y producir,

y da semilla al que siembra, y pan al que come,

así será la Palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío,

sino que hará lo que yo quiero y habrá cumplido todo aquello para lo que la envié”.

(Is.55,10-11)

 

Esa tierra somos nosotros a quienes la Palabra riega.

Cuando Dios creó el cielo y la tierra está determinando una separación entre nuestra vida aquí, la tierra, y lo que está por encima de nosotros, el cielo. Nos hace ver claramente el  siguiente versículo cómo estábamos nosotros en ese instante en que caímos en las tinieblas:

La tierra era confusión y caos y oscuridad por encima del abismo. 

Este fue el momento en el que todos habíamos pecado por comer del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. Estábamos muy confundidos, en la oscuridad y el caos, antes de que Dios se acercara a nosotros “a la hora de la brisa” y nos hiciera ver con su Presencia que estábamos desposeídos de todos los bienes, que lo habíamos perdido todo, que estábamos “desnudos”, en   peligro de caer al abismo, a la oscuridad total.

Esas mismas palabras que hablan de la cercanía de Dios cuando estábamos envueltos en las tinieblas, se confirman en el principio de la creación aquí, diciendo: 

Y un viento de Dios aleteaba sobre las aguas.

Es el viento del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Sobre la tierra seca no está el Espíritu de Dios: está sobre las aguas (pero las aguas tocan y riegan la tierra). 

El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que sopla sobre nosotros, el viento del Espíritu (Jn.3,8), aleteaba sobre las aguas. Nunca Dios se alejó de nosotros, sino que nos preparaba el medio para sumergirnos aquí en la Vida en Él, y luego más allá del cielo; porque hay dos niveles de aguas, las que nos esperan en el cielo, y las que tenemos aquí como símbolo de la purificación por la que estamos   llamados a pasar, según se dice en el día segundo de la creación.

Y es después de esta separación esencial cuando comienzan los seis días de la creación.

 

                         

 
   
   
   
   
   
   
   

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