El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico
Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

La serpiente era el más astuto

de todos los animales del campo

que Yahveh Dios había hecho

Y dijo a la mujer:

“¿Cómo es que Dios ha dicho:

No comáis de ninguno de los árboles del jardín?”

(Gén.3,1-2)

 

Este relato que corresponde al hombre espiritual, fue escrito unos cinco siglos antes de que se escribieran el relato de la creación de nuestro universo. Dios ha dejado entre la revelación de uno y otro relato, una distancia muy significativa en el tiempo que nos confirme esta verdad.

Como hemos visto en el tema anterior, cuando fuimos tentados por el demonio éramos sólo seres espirituales, no corpóreos. Así podemos comprender en este tema que comienza aquí, que aunque no había sido creada la serpiente en el jardín de Edén (donde no había nada material)  se nos presente aquí simbólicamente a la serpiente  para descubrirnos la forma de actuar del demonio que usa su astucia maligna tratando siempre de engañarnos. De esta forma Dios quiere enseñarnos a estar alerta.

Y así Dios puso ante nuestros ojos toda la creación que nos rodea. Y con ella a la serpiente, para que podamos ahora ver que la serpiente está simbolizando al demonio por su índole de animal astuto que se arrastra en el nivel más bajo, a ras del suelo: el más astuto de los animales del campo, pues fue la astucia engañosa la que utilizó el demonio para frustrar nuestra Vida en Dios. Y así habló:

Y dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?”

Es la primera vez que en este relato aparece la palabra mujer. En el jardín de Edén había colocado Dios al  hombre, a toda esta humanidad  en unidad, siendo todos uno. Aquí comienza ya una separación, una división entre aquellos seres espirituales que éramos. Y es que unos empezaron a acercarse a lo prohibido, comenzaron a mirar el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ahí comenzó la duda y la confusión. Y a todos esos seres que fuimos los primeros en traspasar el mandato, Dios nos concede la gracia de poder retornar a Él en la condición actual de mujer.

Dios no había prohibido comer de todos los árboles, sino de uno, del árbol de la ciencia del bien y del mal. El demonio estaba mintiendo porque es mentiroso desde el principio (Jn.8,41). "Vosotros sois de vuestro padre el diablo... porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn.8, 44). Así les dice Jesús a los que discutían sobre su testimonio y no creían, sino que rebatían sus palabras. El diablo es padre de todos los que no aceptan la Luz, la Verdad.

Pero aún hoy, teniendo conocimiento de los mandamientos que Dios nos dio para ayudarnos a caminar en la libertad (Col.1,13) y ser hijos suyos, seguimos todavía desobedeciendo y haciendo lo malo. Es nuestra situación.

Y el hombre hoy se sigue enredando en diálogos con el demonio cuando está cuestionándose lo que Dios dejó establecido. Hoy no sólo el mundo, sino también muchos que se consideran iglesias, en su confusión siguen razonando los mandamientos que Dios dejó establecidos para guiarnos en el Camino, tratando de encuadrarlos en el marco histórico, como si no fueran para toda la humanidad por todos los siglos.  Así fue como se inició nuestra situación de hoy. La mujer en vez de huir lejos, se acercó, abrió sus oídos para escuchar, y comenzó a dialogar con el demonio. Lo dicen los siguientes versículos.

 

Respondió la mujer a la serpiente:

“Podemos comer del fruto de los árboles del jardín

mas del fruto del árbol

que está en medio del jardín, ha dicho Dios:

 No comáis de él, ni lo toquéis,

so pena de Muerte”.

Replicó la serpiente a la mujer:

“De ninguna manera moriréis.

Es que Dios sabe muy bien

que el día en que comiereis de él,

se os abrirán vuestros ojos

y seréis como dioses,

conocedores del bien y del mal”.

(Gén.3,2-3)

 

No había ignorancia, no es que no lo supiera, sino que desoyó la voz de Dios para oír algo nuevo. Muchas lecciones se pueden sacar de este relato que nos hace ver también hoy cuando estamos en Dios, si escuchamos otras voces que nos acosan desde el mundo, corremos el mismo peligro de perder la gracia de Dios en nosotros.

Todo depende de nosotros, porque igual que oír aquella voz nos llevó a las tinieblas, hoy para salvarnos podemos oír la voz de Dios que nos llama. “Mis ovejas escuchan mi voz… Yo les doy vida eterna” (Jn.10,27-28).  Y por oír la palabra de Dios, nos llega la fe que nos vuelve a la salvación (Rom.10, 17).

Esta situación en la que quedó la humanidad, es la misma en la que están aún hoy todos los que no buscan la salvación siguiendo los mandatos de Dios y la fe en Jesucristo, nuestro Redentor, nuestro Salvador. Si no rechazamos desde el comienzo el mal,  sino que en cambio nos detenemos a cuestionarnos sus razones, así se repetiría lo que la primera vez nos ocurrió cuando la mujer  se detuvo a escuchar las razones del demonio:

Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

El demonio mentiroso, trata de hacer ver a la mujer que el mentiroso era Dios:

Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán vuestros ojos.

Conocedores del mal sí seríamos, pero perderíamos absolutamente todo el bien. Y por ello dejaríamos de ser dioses.

Veamos el significado de la palabra dioses en las Escrituras. A Jesús lo rechazaban, lo condenaban, porque decía que Él era Hijo de Dios. Y entonces Él les responde: “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquéllos a los que se dirigió la Palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”(Jn.10, 34-36).

Dioses, partícipes de la Vida en Dios. Después de perderlo todo, vendríamos a ser “hijos adoptivos” (Gál.4,5) por la Palabra,  si la vivimos, porque Cristo tomó la responsabilidad de rescatarnos para llevarnos al Padre.

Y las Escrituras hablan más de esto:   “Yahveh, el Dios de los dioses ha hablado” (Sal.50,1). Dios está en medio de los dioses; en medio de los dioses juzga” (Sal.82,1). Y más adelante dice: “Yo dije, vosotros sois dioses y todos vosotros hijos del Altísimo” (Sal.82,6), y “Dad gracias al Dios de los dioses porque es eterno su Amor” (Sal.136,2).

El demonio sabía que éramos dioses. Lo que quería hacer era que probando del árbol de la ciencia del bien y del mal, dejáramos de ser en Dios. Pretendía que viviéramos entre el bien y el mal, lo que es imposible pues Dios rechaza la maldad, es contraria a su misma esencia. Así que al demonio le falló “su experimento”. Pero así nos estaba mintiendo:

Seréis como dioses conocedores del bien y del mal.

(Este es el simbolismo  de “el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Dios nos había advertido porque sabía cómo el demonio vendría a engañarnos).

Sólo conocíamos el bien y no el mal. No conocíamos la experiencia del mal, no lo habíamos experimentado, y al escuchar la invitación quisimos conocerlo y caímos así en el engaño.   

Quisimos saber qué era aquella maldad que desconocíamos. Quisimos que nuestros “ojos” creados para ver y vivir, y gozar del bien, también pudieran ver, conocer y experimentar la maldad. Y así perdimos aquella Vida y caímos en un estado de tinieblas.

 Pero Dios no nos abandonó a las tinieblas, como sabemos y veremos con más detalles al hablar de la creación, que nos hace entender que sí podemos remontar las tinieblas para dejarnos llenar de su Luz.

 Él nos da la Luz para que estemos vigilantes y nos demos cuenta de nuestra realidad; para que así recuperemos nuestra verdadera identidad, la de ser dioses en Él. Él nos perdona todo cuando reconozcamos nuestra culpa, nos arrepintamos de nuestra desobediencia y de cuánto hemos pecado, pues es así como la Luz de la Verdad se hace en nosotros.

 

 

Y como viese la mujer

que el árbol era bueno para comer,

apetecible a la vista y excelente

para lograr sabiduría,

tomó de su fruto y comió,

y dio también a su marido, que igualmente comió.

Entonces se les abrieron a ambos los ojos,

y se dieron cuenta  de que estaban desnudos,

y cosiendo hojas de higueras

se hicieron unos ceñidores.

(Gén.3,6-7)

 

Hay que resaltar aquí que nunca se dice en las Escrituras que el pecado viniera por una sola mujer, que fue literalmente según este relato, quien inició la desobediencia, sino que siempre se dice que el hombre pecó. Esto reafirma una vez más que hombre se refiere a la humanidad en la que estamos incluidos tanto las mujeres como los varones.    

Aunque por tradición hayamos creído que pecó una sola mujer y un solo hombre, y que fuimos luego todos herederos de este pecado, vamos a ir descubriendo a lo largo de esta revelación, que todos nosotros fuimos los que pecamos. El ser humano es hombre y mujer (Gén.1-27). Somos la humanidad.

La humanidad no acató el mandato de Dios porque vio la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista. Ahí comenzó nuestra caída y luego nuestra condición humana por la gracia de Dios. Fue el anhelo por conocer algo diferente lo que le hizo “asomarse” a lo que no venía de Dios, a un mundo de tinieblas, y contaminarse de él dudando de la palabra de Dios y obedeciendo la voz del demonio.

El pecado se presenta como algo bueno y apetecible, no como algo feo, malo o despreciable (Ap.13,1). La visión del profeta Daniel (Dan.7,3-7) engloba todas las tendencias al pecado que azotan a la humanidad. Aquellas cuatro bestias simbolizan la vanagloria del mundo, los desenfrenos de la carne, el lujo con los afanes de riquezas, y la violencia o el poder desenfrenado. Eso mismo es lo que significa el árbol de la ciencia del bien y del mal en esta parábola de nuestra historia espiritual.

Para cada uno de nosotros este árbol de la ciencia del bien y del mal, representa algo diferente, porque cada uno de nosotros siente  también inclinaciones hacia determinadas formas de pecar.

 El demonio hoy sigue tentándonos igual, haciéndonos creer que es bueno lo que no es bueno según Dios nos ha revelado a través de su Palabra. Y así todavía una parte de la humanidad se cuestiona los mandamientos de Dios y acepta lo que el demonio a través del mundo le dice.  

La mujer ve que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría.

 La serpiente le ofrecía conocer algo que desconocía. Iba a ampliar sus conocimientos, a lograr sabiduría. ¿No sigue siendo acaso ésta una tentación para muchos hoy?

 La mujer, una parte de la humanidad hoy (y entonces seres espirituales puros) fue la primera engañada por el demonio, por la serpiente, y así es como comienza a ser la mujer pecadora:

Tomó de su fruto y comió.

Pecó, pero en su error, la mujer no se conformó con ella misma comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, sino que invita a los otros seres que no habían comido, que no se   habían acercado al árbol.

Y dio también a su marido que igualmente comió.

Ya había una diferencia entre los que éramos sólo uno en el jardín de Edén cuando “la mujer comió del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”, separándose por el pecado de todos los seres semejantes del jardín de Edén que no pecaron. Y aquella diferencia que se había iniciado, en este momento se incrementa porque dio del fruto a los otros seres que no se habían acercado al árbol, y ellos aceptan la invitación de la mujer.

Desde ese instante comenzamos a ser dos: mujer y marido. Y se nos dice así para hacer notar a los que pecamos con diferente error; por acercarse unos a hablar con la serpiente, con el demonio, y otros por confiar más en sus semejantes antes que en Dios. Y fuimos todos los que pecamos. Todavía hoy se nos sigue diciendo: “Desgraciado el hombre que confía en el hombre” (Jer.17,5), porque hay muchos ciegos, guías de ciegos (Lc.6,39).

En este relato se nos dice que el marido acepta. Y así hay entre ambos una complicidad. Es por lo que aquí se le llama  su marido porque éste igualmente comió. Se dio entre los dos un pacto de pecado. Unos y otros conocíamos la advertencia o mandamiento de Dios para prevenirnos, y por no acatarlo perdimos la Vida.

Entonces se les abrieron a ambos los ojos, y se dieron cuenta  de que estaban desnudos.

Ya no estábamos en la cobertura de Dios (Rom.1,28), sino que comimos, compartimos, nos compenetramos con lo que nos ofreció el demonio, nos contaminamos, nos envenenamos con la maldad. Así es  que nacemos aquí con este pecado, el pecado que cada uno cometió (Sal.51,5).

Nos encontramos entonces desnudos, desprovistos de la Vida cerca de Dios. Ya no teníamos de todos los bienes, de todos “los árboles deleitosos a la vista y buenos para comer” que Dios   había hecho brotar en el jardín de Edén. No teníamos el Amor, la Verdad, la paz, la alegría, el gozo, la felicidad, todas las delicias de la Vida que Dios nos había dado.

Y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.

Ya no teníamos nada. Algo malo nos pasaba, y quisimos esconderlo de la vista de Dios, cosiendo hojas de higuera para ocultarnos de su mirada.  Nadie, nada, puede ocultarse a la mirada de Dios (Ap.6,15-17).

Todos estos símbolos nos quieren hacer ver la realidad de nuestra situación. Era absurdo lo que queríamos hacer y que se nos da como una simple comparación. Las hojas de higuera no tienen consistencia, no resisten ser cosidas ni pueden servir de ceñidor.

Habríamos de estar ceñidos con lo que Dios nos había dado para ir creciendo hacia la plenitud, ceñidos a su obediencia. Las Escrituras nos dicen que nos ciñamos de fuerza, de poder  entre otros bienes (Sal.18,32). Pablo dice que estemos ceñidos con la Verdad (Ef.6,14).

Todos habíamos perdido la Vida en la Verdad, la libertad de los hijos de Dios, y habíamos quedado esclavos de la mentira, del pecado (Jn.8,34).

 Con la mentira, el demonio hizo que esta generación se contaminara de la maldad, pasando a ser una generación malvada y adúltera, como dice Jesús (Mt.12,39). Y esta generación que nombra, es toda la humanidad a través de todos los tiempos. Por esto dice que no pasará esta generación sin que se cumpla todo cuanto Él ha dicho (Mt.24,34).

Todos habíamos pecado, todos hemos entrado en un estado de tinieblas, que podemos compararlo como cuando vamos conduciendo y aparece la niebla; entonces usamos los faros antiniebla que nos ayudan a pasar ese trayecto hasta llegar a la zona nítida. Así hay para nuestras almas una Luz poderosa, la Luz de Cristo, que nos ayuda a pasar este trayecto de neblina en el que nos encontramos y sean levantados nuestros espíritus a la verdadera Vida. Y la Luz de Cristo es tan potente, que podemos ver con claridad aunque en nuestro entorno se ciernan las tinieblas. Valga esta llamada:

Como la niebla tu rebeldía disipé,

como una nube tus pecados he borrado.

Vuélvete a mí, yo te rescaté.

(Is.44,22)

Nos habíamos precipitado en  la primera muerte, la del pecado, de la que podemos resucitar en Cristo (que es la primera resurrección) si lo aceptamos como nuestro único Salvador, nuestro único Señor, porque de la segunda Muerte se nos advierte en el Apocalipsis que nadie podrá resucitar (Ap.20,6). Las Escrituras no hablan de una segunda resurrección.

Pero aún hoy tenemos la gracia de poder resucitar. Por esto, Jesús dice que la Palabra nos resucita. Él, que es la Palabra que mora en nosotros, dice: “Yo soy la resurrección y la Vida” (Jn.11,25).

Él nos toma de su mano y nos resucita de las tinieblas a las que nos llevó nuestra desobediencia, y siempre nos está llamando aunque lo ignoremos:

 

Despierta tú que duermes,

levántate de entre los muertos

y te iluminará Cristo.

(Ef.5,14)

 

Aunque nosotros hayamos pecado, Dios es fiel. Él se goza en nosotros (Is.62,5) como novio con su novia, y llama esposa infiel a quien lo abandona (Jer.3,20).

Y si nosotros, como hicimos desde entonces, seguimos pecando, Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo (2Tim.2,13). Él nos espera por su inmenso Amor y misericordia, para que nos purifiquemos, para que nos volvamos a Él y seamos fieles como Él es siempre fiel. Así es la fidelidad de Dios.

 

 

Oyeron el ruido de los pasos

de Yahveh Dios

que se paseaba por el jardín

a la hora de la brisa,

y el hombre y su mujer

se ocultaron de la vista de Yahveh Dios

por entre los árboles del jardín.

(Gén.3,8)

 

El ruido de los pasos es la proximidad de la Presencia de Dios. Cuando estábamos confundidos, desde el primer momento, Dios se acercó a nosotros para ayudarnos, para hacernos ver la Luz. Se acercó como el Padre bueno, que ve a sus hijos en serios problemas.

Dios nunca nos abandonó sino que a la hora de la brisa se hace presente. Y esta hora de la brisa, es el mover del Espíritu de Dios sobre nosotros, como un viento fresco. Cuando ya atardecía en nosotros, cuando las tinieblas se cernían sobre nosotros, antes de que nos sobreviniera la noche, la oscuridad total y cayéramos al abismo, se acercó tra-

yendo a nosotros la Luz de su Presencia, como la brisa de la mañana, para que viéramos la realidad de nuestra situación. Sobre el atardecer que nos sobrevino por el pecado, nos trajo  la brisa de la mañana, del día nuevo para nosotros, como vamos a ver en el primer día de la creación.

 Quiere esto hacernos ver que Él también hoy nos trae su Luz. Así podemos ver detallado simbólicamente para nuestra vida espiritual, que desde el primer día de la creación la Luz se hizo, y que Dios en el cuarto día crea luceros en el cielo para apartar el día de la noche: no nos llega la oscuridad total.

Habíamos comido “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, nos habíamos envenenado al comer de él. Y aquí, por ejemplo, quien se haya envenenado por comer algo no se le quita comiendo otros alimentos “gustosos”, sino que ha de limpiarse del veneno, y recibir  la medicina adecuada.

 Y en este relato vemos que no fuimos por la medicina, que sería reconocer nuestra culpa y así quedar limpios, sino que tratamos de disimular escondiéndonos.

Y el hombre y la mujer se ocultaron a la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.

Pero nosotros, despojados y en aquella confusión, no veíamos qué hacer ni lo que nos ocurría. Quisimos disimularlo mezclándonos con lo bueno, así que intentamos, como si no nos hubiese pasado nada, como si no hubiésemos hecho nada malo, volver a estar entre los árboles del jardín “deleitosos y buenos para comer”, entre los árboles de los que sí podíamos alimentarnos. Es la misma actitud que aún hoy toman muchos para acallar sus conciencias ante sus errores, sus pecados: hacer luego cosas buenas para tranquilizarse, sin haberse arrepentido ni cambiado su actitud.

Para estar en amistad con Dios, hemos de acogernos a su gracia, que nos concedió la sabiduría para reconocer nuestra culpa, arrepentirnos, cambiar nuestra actitud y erradicarla, porque es Cristo únicamente quién nos justifica ante Dios. No podemos por nosotros mismos justificarnos, ni sirve ante Dios disculparnos como hicimos en este primer pecado, sino reconocerlo porque desde que lo reconocemos nos arrepentimos, y ya estamos perdonados y en amistad con Dios. Es el Espíritu Santo el que nos trae la convicción de pecado (Jn.16,8). Así es cuando las obras buenas son agradables a Dios. Esta es la gracia que Dios nos ha concedido y hoy tenemos. El hombre en sus tinieblas se esconde de Dios, pero Dios por su gran misericordia se acerca y le habla para que el hombre reaccione. Y hoy sigue interrogando, aún a los más alejados. La conciencia está en todo hombre.

 

 

Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo:

“¿Dónde estás?”

Éste contestó: “Te oí andar por el jardín

y tuve miedo, porque estoy desnudo;

por eso me escondí”.

Él replicó:

“¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo?

¿Has comido acaso del árbol

que te prohibí comer?”

(Gén.3,9-11)

 

Dios se acerca a hablar con el hombre, su voz se hace oír. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”

Dios necesitaba que el hombre se lo dijera, pues Él todo lo conoce, sino que Dios pregunta para que el hombre se dé cuenta de su estado, de su caída, y pida ayuda a su creador.

Éste contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”.

El hombre envuelto en tinieblas tiene miedo de ver la Verdad, y rehuyó encontrarse con Dios. Pero Dios se hace presente, busca al hombre; y ante la Presencia de Dios el hombre descubre todas sus carencias, se da cuenta de que había perdido todos los bienes que Dios le había dado.

¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo?

Es Dios quien nos hizo saber que estábamos desnudos. El demonio no hace ver la Verdad sino que ciega, nos quiso llevar al abismo, nos envolvió en las tinieblas.

Y vuelve a preguntar Dios, como Padre bueno que intenta que sus hijos reconozcan sus faltas, para derramar su perdón y su gracia sobre ellos:

 ¿Has comido acaso del árbol que te prohibí comer?

Dios sabía lo que habíamos hecho; pero al preguntar, lo que quería era que nos diéramos cuenta de nuestra situación, de nuestro error. Pero no lo entendíamos porque estábamos entre las tinieblas, envueltos en el sabor del pecado, y tratamos de disculparnos. Sigue siendo hoy la situación de todo aquél que no busca la Verdad en Dios sino que trata de justificarse ante sí mismo.

 

 

Dijo el hombre:

“La mujer que me diste por compañera

me dio del árbol y comí”.

Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer:

“¿Por qué lo has hecho?”

Y la mujer contestó:

“La serpiente me sedujo y comí”.

(Gén.3,12-13)

 

No reconocimos nuestra culpa, que sería percatarnos de nuestra desobediencia y de nuestra situación de tinieblas, porque las mismas tinieblas nos impidieron ver. Ambos no reconocíamos  nuestras culpas y tratamos de disculparnos achacando la responsabilidad el uno al otro, los unos a los otros, como aún seguimos haciendo para disculparnos y no reconocer la maldad que nos ha movido al pecado o al error. Y del estado de bendición, de felicidad, caímos en un estado de maldición del que Dios también nos advierte en los versículos siguientes.

Dios Padre nos quiere hacer ver la Luz con su Presencia, dialogando con nosotros desde el primer momento. En cambio nosotros, ya envueltos en las tinieblas, no pudimos estimar su Amor y misericordia al acercarse a nosotros. Y tratamos de salir de la situación, disculpándonos. Pero Dios Padre no cesó de buscarnos para levantarnos de la confusión en la que habíamos caído.

Veremos en los siguientes versículos que antes de comunicarnos las consecuencias de nuestra errada decisión, de la situación en la que estábamos, nos da la esperanza para salir de las tinieblas, nos da a conocer que se ha hecho la Luz para nosotros, anunciando la promesa para nuestra salvación. Y luego, nos hace percatarnos de los males que nos sobrevinieron por las tinieblas que elegimos, como veremos también en el tema siguiente.

Dios comienza desde ese mismo instante a poner orden en aquel caos para que viéramos que hay una separación entre lo bueno y lo malo, llamando maldito a lo malo, como vamos a leer a continuación. Y por su gran Amor nos prepara el Camino que nos hará salir de las tinieblas, enviando la Luz al mundo, que alumbra nuestro regreso a Él. La Luz es Cristo. El Camino es Cristo.

 

 

                          

 

    
 
   
   
   
   
   
   
   

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