El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico

Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edém Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

     

Hasta aquí hemos visto la primera parte de este libro, que termina con el hombre espiritual expulsado del jardín de Edén.

En esta segunda parte, vamos a ver que Dios prepara toda la creación para que aquellos seres espirituales caídos en las tinieblas, que éramos todos nosotros,  reciban la Luz a través de esta gracia de ser humanidad, de ser seres vivientes en este estado para ser levantados del pecado, para resucitar en Cristo.

Para ello, y como culminación de esta obra maravillosa, concede al hombre la naturaleza humana. Nace así el hombre terrenal.

Y hay entre el hombre espiritual y el hombre terrenal, entre uno y otro estado del hombre, un vacío en el tiempo que escapa a nuestro entendimiento.

¿Dónde estabas tú, cuando yo creaba la tierra? Le pregunta Dios a Job (Jb.38,21). Era ese instante después de la caída en el pecado, cuando “la tierra era caos confusión y oscuridad” (Gén.1,1).

Está claro que ni Job ni nosotros pudimos enteramos porque estábamos en las tinieblas, nos sentíamos desnudos, despojados, vacíos; habíamos perdido el conocimiento de quiénes éramos y de nuestra situación, lo habíamos perdido todo (Gén.3, 10).

Quizás con esta lectura, aún algunos puedan  preguntarse, dónde estábamos desde que fuimos expulsados del jardín de Edén hasta que llegamos a este estado de humanidad.

Antes de plantearnos respuestas, veamos lo que dice la Biblia:

El salmista dice: “Mil años a tus ojos son como el ayer, que pasó como una vigilia de noche” (Sal.90,4).

Y el apóstol Pedro contesta cuando le preguntan por el cumplimiento de la promesa sobre la segunda venida de Cristo al final de los tiempos: “Ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día” (2Pe.3,8). Lo que nos quiere hacer ver que para nosotros que hemos venido a ser humanidad, el tiempo sí cuenta, pero para Dios no.

Dios en su eterno presente ve como en un solo instante ante Él, a todos estos seres espirituales caídos en las tinieblas luchando por estar en la Luz, y a otros, tan envueltos en las tinieblas, que ni siquiera luchan por buscar la Luz. (Por esto Cristo nos dice a los que lo conocemos que somos Luz para el mundo) (Mt.5,13-16).

Si quisiéramos medir lo que es intemporal con la medida del tiempo regida por nuestro sistema solar, sería impropio, imposible. Lo espiritual está por encima de lo natural.

Nosotros estamos en un tiempo limitado y en el más allá no hay tiempo. Desde que salimos del jardín de Edén hasta que llegamos a esta humanidad, tampoco había tiempo; ni habrá tiempo cuando dejemos esta vida que Dios nos ha concedido para salvarnos. Entonces los salvados entraremos en la Ciudad Santa de Jerusalén, la Nueva Jerusalén, hasta que Cristo nos lleve a la Presencia del Padre (Ap.21).  

 En conclusión, está bien claro que porque estamos en esta realidad natural, hemos venido a estar dentro de la medida del tiempo, pero cuando sólo éramos seres espirituales, y antes de que llegáramos a esta humanidad, estábamos fuera del tiempo. Hoy sí somos temporales, somos “tiempos” (Dan.12,7) que pasamos, nuestro paso por la tierra es transitorio.

Desde que Dios nos dio nuestra naturaleza  humana, entramos dentro de unos parámetros; además del tiempo, entre otros, la fuerza de la gravedad por lo que no podemos movernos como en el cielo, libres en el espacio y  en todas las   direcciones (Ap.4,8). Y tenemos otras tantas  limitaciones por nuestra condición humana, como no poder comprender este vacío en el tiempo entre el hombre espiritual y el terrenal. Pero la Biblia nos da Luz sobre ello también y nos lo hace ver. Pues aunque según el cómputo del tiempo aquí, para nosotros hayan transcurrido miles de años desde la aparición de los primeros hombres en la Tierra, para Dios (y para nosotros cuando éramos sólo espíritus) es un instante la diferencia entre ellos y nosotros. Hemos venido todos a un mismo tiempo: el tiempo terrestre. Es decir no hemos tenido “otras vidas” como muchos han dicho.

Es muy importante entender esto para no dejarnos engañar, pues muchos de los que no  creen la Palabra de Dios, llevados por sus  propias creencias intentan desentrañar lo que está fuera del tiempo, lo que está por encima del velo o cielo, lo que Dios no nos ha revelado. Y así son engañados. Y de ahí han surgido las creencias erradas como las de la reencarnación y otras, por lo que muchos se pierden.

Los que así hacen queriendo conocer lo que Dios ha dejado velado para nosotros, están en desobediencia como en el primer pecado, por no acatar lo que Dios ha establecido para nosotros. Si Él así lo ha dispuesto es lo mejor para nosotros. Jesús nos da una respuesta ante esta situación: “El que mira atrás no es digno de mí” (Lc.9,62).

Podemos leer en la Biblia ejemplos de cuando el hombre envuelto en sus idolatrías, trata de saber lo que Dios no le ha revelado, como en el libro de Ezequiel en los capítulos XIV y XX cuando los ancianos van a consultar a Dios a través del profeta y Dios les habla muy severamente. Él revela a quien Él quiere revelarle, y lo que quiere revelarnos.

Otro ejemplo es el de la torre de Babel, cuando los hombres por sus propios medios intentan llegar a Dios, y de esta forma ser reconocidos después en todo el mundo. Dos errores grandes, pues  el ser reconocido en todo el mundo es una artimaña engañosa, de quien del mismo modo trató de tentar a Jesús en el desierto ofreciéndole la gloria del mundo (Mat.4,9). Y el otro error que delata la torre de Babel, es tratar de llegar a Dios por sus propios medios, sin ver que con Dios sólo se encuentra el corazón contrito y humilde (Sal.51,17), pues así es como nos levantamos de nuestra condición pecadora; no se “alcanza” ni se llega a Dios por sistemas humanos.

El apóstol Pablo nos alerta del peligro, porque realmente hay un combate espiritual, advirtiéndonos de la lucha contra los espíritus del mal que están en “las regiones celestes” (en el primer cielo) al mismo tiempo que nos dice cómo estar preparados para vencer (Ef.6,10-18). Esto nos quiere decir que nos fijemos bien, que discernamos todo,  porque no todo lo que es sobrenatural viene de Dios. El enemigo está también ahí en combate para ganar adeptos y combatir la gran batalla final (Ap.20,7-9). Pero no hemos de temer, porque no duerme ni descansa el Guardián de Israel (Sal.121,4-8). Dios nos cuida.

Es este el mismo motivo por el que recomienda discernir toda profecía (1Ts.5,21), para que no nos dejemos engañar, porque los espíritus del mal pueden disfrazarse haciéndonos ver que es bueno lo que no es bueno, como en el primer pecado  (2Cor.11,14). 

Esta revelación, o aclaración revelada, sobre la creación en el relato del Génesis, nos viene para darnos a  entender lo que Dios nos está hablando a través de todo lo creado para nosotros.

No puede haber contradicción entre lo revelado aquí y la Verdad que nos ha sido dada en la Vida y las enseñanzas de Jesús, en los Evangelios, que confirman el espíritu de la Palabra en la Biblia. Cuando Dios ha querido revelarnos algo Él nos lo da, y ha elegido siempre a través de toda la historia bíblica a los que habrían de recibir revelación y llevar la Luz a su pueblo para que se salve. Él quiere una sola Iglesia, un solo pueblo, y para ello advierte una vez más con esta revelación, a todos los que han sido llevados a las “verdades” de otros, que los hacen perecer.

Mejor es dirigir nuestro interés en buscar la salvación, ya que toda revelación dada por Dios a su pueblo y toda Palabra de Jesús, el Cristo, el Ungido, nuestro redentor y salvador, nos dicen que por su gracia estamos aquí para ser salvados si buscamos a Dios. Y a Dios se encuentra cuando nos dejamos guiar por su Palabra que nos hace vivir en santidad. Sin santidad no vivimos en Dios.

Dios nos dio el dominio sobre toda la creación que hizo para nosotros, según veremos después en este mismo capítulo (Gén.1, 28), pero también puso un velo por el que nos ha quedado velado el más allá, lo que está detrás de ese velo, un cielo (Gén.1,6), del que sólo Él nos puede dar a conocer cuánto sabe que nos conviene.

Y así nos ha llegado esta revelación sobre el relato de la creación en el Génesis, por la que quedará clarificada nuestra historia espiritual, para bien de muchos. Ya no se cuestionarán muchos lo que Dios nos da para ser salvados, tendrán sus muchas interrogantes resueltas.

Todo este relato de la creación, con todos los signos que en él se citan, nos hace ver la situación en la que hoy nos encontramos y nuestras actitudes ante el pecado; pero no sólo como una simple parábola, sino que lleva en sí expresa nuestra historia espiritual, para que veamos que dónde y cómo hoy nos encontramos tiene su origen en nuestra propia decisión, y que un día nuestra situación tendrá un final decisivo.

 

Todas las cosas y  seres creados son evidentes,  están ante nosotros. Nadie puede negar lo que es palpable. Pero lo que los sentidos no perciben, muchos no lo creen. Para que podamos creer lo que no vemos Dios ha hecho toda la creación, que nos habla de lo que no vemos. La verdadera finalidad de cuanto Dios ha puesto en nosotros y a nuestro alrededor, todo este mundo natural, es para que podamos conocer el sentido espiritual de nuestra vida aquí. “Las cosas invisibles de Dios, su poder y deidad se hacen claramente visibles  desde la creación del mundo por medio de las cosas hechas…” (Rom.1,20).

Esto es lo que vamos a ver desarrollado en este relato de los seis días de la creación. Cada cosa, cada ser, nos sirve para darnos Luz a nuestra Vida espiritual. Y cada cosa, cada ser, nos sirve de símbolo a través de los cuales Dios nos quiere hablar. Para ello fueron creados: para ayudarnos a nosotros, que habíamos caído en un estado de “caos, confusión y oscuridad”, a ver el verdadero sentido de nuestra permanencia aquí.

Todo lo que Dios dispuso para nuestra vida aquí, lo creó en seis días. Nos hace ver el Apocalipsis que el seis es la cifra de lo humano, “la cifra del hombre” “la cifra de la bestia", del hombre que está en los errores de su propia humanidad (Ap.13,18).

Nuestra condición terrenal nos fue dada en el día sexto. No es otra vida, puesto que la vida que Dios nos ha dado es una, sino que a los seres espirituales que vivíamos en el jardín de Edén, nos ha sido dada por Dios esta forma de vida, o este estado, en el que hoy nos encontramos, para que podamos recobrar la Vida que habíamos perdido.

Podemos decir que nuestra condición  terrenal nos fue dada en el día sexto, como culmen de la obra creadora de Dios dispuesta especialmente para nosotros. 

En estos seis días Dios crea todo lo que el hombre caído en tinieblas, el hombre pecador, necesita para reconocer su verdadera identidad, buscar a su Dios, su creador, y volver a la Luz. Necesita la humanidad ver que mientras nosotros estamos limitados dentro de esta creación, Dios es eterno, el eterno presente (He.5,9) que nos provee y nos espera para colmarnos de su Amor y de todos los bienes.

Él está por encima de cuanto creó, no limitado dentro de lo creado por Él mismo. Nosotros sí estamos limitados hasta que volvamos a Él y vivamos en Él.

Es importante reiterar que con el relato de la creación de nuestro mundo natural vamos a hacer una lectura de carácter espiritual, puesto que lo que nos dice en la realidad natural todos ya lo conocemos.

Veamos entonces lo que Dios quiere que aprendamos leyendo a través de cada una de las cosas creadas, que nos sirven de signos para una lectura de carácter espiritual, la cual nos enseña a caminar en busca de la salvación, porque es así como Dios lo ha dispuesto, que cada una de las cosas creadas sirva de signo para formar parte de un lenguaje de entendimiento entre Dios y los hombres.

De esta forma surge una comunicación por la que podemos entender que esta vida nos ha sido concedida por gracia. Y así, a través de cuanto Dios ha puesto a nuestro alcance, nosotros podamos ver nuestra situación de seres caídos en las tinieblas del pecado; veamos que  Él nos busca para salvarnos, que quiere enseñarnos el Camino de retorno porque nos ama sin límites e intenta que nosotros conociendo la Verdad volvamos libremente y amemos vivir siempre  bajo su protección.

Habíamos quedado incomunicados con Dios cuando caímos en las tinieblas. Y Dios Padre se había acercado a nosotros para ayudarnos pero no lo entendíamos, y quisimos disculparnos (Gén.3,13). Entonces su Santo Espíritu no nos abandonó sino que desde ese momento sino que decide rescatarnos y nos da su Luz, a Cristo, como veremos en el día primero de la creación.

Cada una de las cosas y de los seres creados, toda Palabra que Dios nuestro Señor nos hace llegar a nosotros, todo, es para alumbrarnos el camino y que podamos así llegar a salvarnos.

 Este relato de la creación nos ha sido dado para algo más que conocer nuestro origen; nos ha sido dado para que veamos claro el porqué estamos aquí, comprendamos mejor la inmensa misericordia y Amor de Dios hacia todos nosotros, y así busquemos la salvación. Todo cuanto podemos percibir por medio de nuestros sentidos, de nuestra mente y nuestra alma, nos ha sido dado como reflejo de su gracia para atraernos a Él y sacarnos de las tinieblas.

El significado de día hemos de entenderlo como la Luz de Dios que nos llega a nuestras vidas, constantemente, a pesar de que nosotros estemos entre tinieblas, entre nuestras oscuridades, cuando no vemos cuanto Dios nos está dando para nuestro bien, cuando no vemos su infinito Amor por nosotros.

Los seis días de la creación a nivel terrenal, no son seis días naturales como los conocemos, pues ni siquiera estaba creado el sol que fue creado en el cuarto día; luego,  no podían ser días de veinticuatro horas. ¿Cómo vamos a darle la medida de un día solar? Sería un error. Podemos más identificarlos con las grandes eras geológicas de formación del universo que ha descubierto la ciencia, que aunque fueran miles o millones de años, sin embargo, para Dios  eterno todo es un solo instante.

 

 

    

                         

 
   
   
   
   
   
   
   

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